La necesidad del discernimiento en la educación formal

Rodolfo Alberto López D.

Aunque en la tradición occidental el discernimiento se enmarca básicamente en las virtudes aristotélicas y posteriormente en las prácticas católicas (especialmente con San Ignacio de Loyola), lo cierto es que él es  una capacidad de juicio y acción que toca todos los órdenes de la vida. Para el caso de la educación formal, considero que  un camino sustantivo para  configurar  verdadera formación en las prácticas de aula es que el docente revise y fortalezca su propio discernimiento y que enseñe a discernir.  

Discernir  visto como la capacidad de comprender y declarar la diferencia entre varias cosas de un mismo asunto o situación; juicio basado en un lento y habituado proceso de concentración, caracterización y distinción. Cómo nos hace de falta, pues,  una formación humana que ejercite el  discernimiento en los educadores y enseñe a discernir a los estudiantes para, entre otras, transitar del emotivismo, el activismo o la preocupación por “pasarla bien en clase” (“lo más importante es que se diviertan”, dicen algunos maestros) a los hábitos,  los  criterios y los aprendizajes de largo aliento. En medio de una educación arrinconada por  el mercantilismo y el pragmatismo, el aula de clase debe ser un territorio para pensar, sopesar, distinguir, caracterizar  y valorar,  con criterio  y evidencias consistentes.

Puesto en otros términos, discernir es optar, evaluar con parámetros claros por lo que se considera correcto o adecuado. Decidir una cosa u otra con base en criterios aquilatados por la experiencia, el conocimiento, la razón y la ética. Discernir:  virtud propia de la sapiencia; capacidad razonada para quedarse con algo y dejar algo de lado, lo cual no es posible sin criterios, esto es, sin la posesión  de principios o asunción de reglas de dirección que controlen y conduzcan las acciones, los juicios morales  y los procesos intelectuales. Sin estos criterios cualquier elección, opinión o actuación en el aula es válida. De hecho, un mal que agobia a los adultos, y en especial a muchos docentes, es la ausencia de criterio o el temor de hacer valer su criterio (claro, sin autoritarismos). Cuando  los criterios son relativizados o llevados  a su mínima expresión, el discernimiento se empobrece y sin discernimiento todo viene a ser válido, indistinto y aceptado (hasta los totalitarismos).

Entre otros, cuestionamientos y decisiones tales como qué acciones morales, procesos intelectuales, hábitos y exigencias regirán mi año escolar, semestre, curso o asignatura, serán la primera configuración del discernimiento. Explicarlos, desarrollarlos y mantenerlos, en segundo lugar,  será el camino para llegar al discernimiento.

En un tiempo como el nuestro, más enmarcado en el adolescentismo de las opiniones, el rating  y las respuestas inmediatas que en los juicios y las posturas sólidas,  una tarea impostergable del educador es, creo (de credo),  tener criterios claros, exponerlos y guiar las prácticas de aula  desde  ellos. Paradójicamente, en la efervescencia de la clase el divertimento (por citar uno de los síntomas  del activismo sin regla) es bien visto pero, ya en  perspectiva, mal evaluado y sancionado por los propios estudiantes. Si algo anhelan las nuevas generaciones es adultos con criterio, así sea para, en el enojo del momento, rabiar o repetir una tarea. Docentes de tal calado enseñan para la vida y no sólo para una sesión de clase.

2 Comentarios

  1. La importancia de los criterios claros es fundamental a la hora de exponerse frente a jóvenes universitarios. Tal como lo dice en el texto: Necesitamos de adultos (maestros) con criterio, que sus lecciones no sean solo para una clase, si no que tengan la capacidad de marcarnos (dejar huella) para toda la vida por medio de sus enseñanzas.
    Muy buena entrada.

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