«Muy lejos de ser escritores, fundadores de un lugar propio, herederos de los labradores de antaño pero en el terreno del lenguaje, cavadores de pozos y constructores de cazas, los lectores son viajeros; circulan por tierras ajenas, nómadas dedicados a la caza furtiva en campos que no han escrito, arrebatando los bienes de Egipto para gozar de ellos». Michel de Certeau.
Rodolfo Alberto López D.
Creo ante todo que la lectura y la escritura son actividades intelectuales y espirituales. Al decir actividades, me refiero a acciones, operaciones, eventos, y al ser de carácter intelectual y espiritual, se dan en procesos interiores de reflexión, emoción y trascendencia. De esta manera, leer y escribir son ejercicios que estimulan ideas, sensaciones y relaciones de alteridad.
En tanto acciones, leer y escribir hacen las veces de conectores de la vida del adentro con la vida del afuera; son vasos comunicantes que agencian el diálogo con nosotros mismos y con los demás… Al pasar los ojos por el libro o al tachonar la hoja, lo que ocurre es una especie de fenomenología de la intimidad; intimidad del autor e intimidad mía; algo así como que las moradas interiores, antes dilatadas, distraídas o en penumbra, ahora se muestran alertas, emergen vigilantes y dispuestas al encuentro con otros mundos.
Esta fenomenología de la intimidad, movida por algún impulso interior o exterior, lleva a la voluntad de cada quien a abrir el libro, la hoja en blanco o conectar el computador. Y como he dicho voluntad, quiero subrayar el hecho sustancial de que la lectura y la escritura son opciones individuales, actos que se hacen rutina porque alguien quiere tornarlos de esa manera; el padre, la madre o el maestro son circunstancias históricas y externas que -más o menos- animan a la voluntad individual.
Entonces si se trata de “educar” en la lectura y la escritura, lo que de suyo se puede hacer, es generar mecanismos para animar –del latín animus: respirar, viento; dar vida, fuerza vital- la voluntad del otro; propiciar escenarios que despierten el deseo en el otro. Así, una educación en la lectura y la escritura es aquella que desarrolla puestas en escena para alentar el vuelo del otro hacia la página. Ya sea en el nivel de primaria o superior, la situación no varía: a nadie se le enseña a leer; sólo se dan lugares y estrategias para que el otro lea o escriba pues en el reino de lo interior sólo caben las invitaciones y las seducciones, no las imposiciones.
Esta afirmación nos lleva a pensar el papel del educador en lo que se refiere a la lectura y la escritura. Más que ser un profesor –el que profesa algo- será o deberá ser un tutor: alguien con esperanza en la condición humana que acompaña con esmero al otro para que configure su propia existencia. A la vieja usanza socrática, la cuestión es estar al lado del otro y brindarle ciertas “tentaciones” para abrirle el apetito y acompañarlo en su recorrido.
Docente universitario, investigador y ensayista. Áreas de énfasis: Lecturas y escrituras, Educación para la comprensión y Modelos educativos. Asesor y consultor en Enseñanza para la Comprensión y en Didácticas para el desarrollo del pensamiento crítico y la educación ética.
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