La lectura y la escritura como actividades intelectuales y espirituales

Mujer leyendo. Isabel Guerra.

 

«Muy lejos de ser escritores, fundadores de un lugar propio, herederos de los labradores de antaño pero en el terreno del lenguaje, cavadores de pozos y constructores de cazas, los lectores son viajeros; circulan por tierras ajenas, nómadas dedicados a la caza furtiva en campos que no han escrito, arrebatando los bienes de Egipto para gozar de ellos».  Michel de Certeau.

 

Rodolfo Alberto López D.

 

Creo  ante todo que  la lectura y la escritura son actividades  intelectuales y espirituales. Al decir actividades, me refiero a acciones, operaciones, eventos, y al ser de carácter intelectual y espiritual, se dan en  procesos interiores de reflexión, emoción y trascendencia. De esta manera, leer y escribir son ejercicios  que  estimulan ideas, sensaciones y relaciones de alteridad.

 

En tanto  acciones,  leer y escribir  hacen las veces de conectores  de la vida del adentro con la vida del afuera; son vasos comunicantes que agencian el diálogo con nosotros mismos y con los demás… Al pasar los ojos por el libro o al tachonar la hoja, lo que ocurre es una especie de fenomenología de la intimidad; intimidad del autor e intimidad mía; algo así como que las moradas interiores, antes dilatadas, distraídas o en penumbra, ahora se muestran alertas, emergen vigilantes y dispuestas al encuentro con otros mundos.

 

Esta fenomenología de la intimidad, movida por algún  impulso interior o exterior, lleva a la voluntad de cada quien a abrir el libro, la  hoja en blanco o conectar el computador. Y como he dicho voluntad, quiero subrayar el hecho sustancial de que la lectura y la escritura son opciones individuales, actos que se hacen rutina porque alguien quiere tornarlos de esa manera; el padre, la madre o el maestro  son  circunstancias históricas y externas que -más o menos- animan a la voluntad individual.

 

Entonces si se trata de “educar” en la lectura y la escritura, lo que de suyo se puede hacer, es generar  mecanismos para animar –del latín animus: respirar, viento; dar vida, fuerza vital- la  voluntad del otro; propiciar  escenarios que despierten el deseo en el otro. Así, una educación en la lectura y la escritura es aquella que desarrolla puestas en escena para alentar el vuelo del otro hacia la página. Ya sea en el nivel de primaria o  superior, la situación no varía: a nadie se le enseña a leer; sólo  se dan lugares  y estrategias para que el otro lea o escriba pues en el reino de lo interior sólo caben las invitaciones y las seducciones, no las imposiciones.

 

Esta afirmación nos lleva a pensar el papel del educador  en lo que se refiere a la lectura y la escritura. Más que ser  un profesor –el que profesa algo- será o deberá ser un tutor: alguien con esperanza en la condición humana que  acompaña con esmero  al otro para  que configure su propia existencia. A la vieja usanza socrática, la cuestión es estar al lado del otro y  brindarle  ciertas “tentaciones” para abrirle el apetito y acompañarlo en su recorrido.

 

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