Pensar, leer y escribir… se aprenden pensando, leyendo y escribiendo

Rodolfo Alberto López Díaz.

 

No creo decir nada nuevo al sentenciar que lo fundamental de la vida en democracia es pensar, leer y escribir, en la medida en que éstas son prácticas sociales de reconocimiento de sí y del otro y de  convivencia en la diferencia (base de una democracia). Lo  inédito es  darles el lugar neurálgico y directriz que deben tener en una sociedad democrática. Me explico: un ciudadano que piensa, lee y escribe se hace más dueño de sí, más tolerante con el otro (la diferencia sustantiva) y se puede comprometer de manera más activa, crítica y creativa con la democracia misma; esto es lo que debe regentar a las  políticas públicas y la coexistencia diaria.

Tal principio, por obvia consecuencia, deber ser legado por la sociedad a la institución familiar, en primera instancia, y a la educativa, en segunda. A la familia en tanto que los padres son el primer modelo y punto de referencia para forjar  la vida emocional, los valores, la tradición y los vínculos de sus hijos. Padres conscientes de ello que asumen la posibilidad de, al menos, leer con sus hijos y hablar de libros y diferentes temas en el hogar fundan al futuro ciudadano.

La institución educativa por su lado, ya sea escuela o universidad, recoge y acoge lo que ha hecho la familia y lo depura, formaliza y lleva a niveles de mayor movilidad social y profundidad. La institución educativa, en tanto eje del desarrollo social y democrático, tiene como motor sustantivo de su naturaleza permitir y enseñar a pensar, leer y escribir. Más allá del nivel en el que se eduque y de las asignaturas que se enseñen, lo prioritario será brindar condiciones y prácticas concretas a docentes y estudiantes para que ejerciten de la mejor manera posible y siempre en un continuo ascendente, el pensamiento reflexivo, la lectura y la escritura.

Queda establecido, pues, que pensar, leer y escribir son prácticas sociales sustantivas para una democracia y que los dos primeros escenarios donde se deben avivar y enseñar son la familia y la escuela. Pero avancemos.

Se enseña lo que se sabe, se da  lo que se tiene. Para enseñar, entonces,  primero hay que tener un alimento propio, una sustancia lo suficientemente nutritiva para vivir de ella y dar de «comer a otros». Dicho en otras palabras: nadie da de lo que no tiene. Y en la institución educativa el primero que debe tener un menú sano y vigoroso en esto del pensamiento reflexivo, la lectura y la escritura, es el propio docente. Entonces, la labor inicial y fundamental de una educación de calidad será formar docentes que tengan tiempo, hábitos,  prácticas eficientes y productos asociados a esta tríada.

Labor de la sociedad y el Estado –ardua, costosa y lenta por demás- será proveerle al maestro condiciones y herramientas para que piense de manera reflexiva, para que lea y escriba con capacidad. El asunto estará puesto, luego,  en que el docente conquiste para sí mismo y para sus estudiantes tiempos, hábitos y estrategias de pensamiento, lecturas y escrituras en el aula. Permitirse y permitirle a los alumnos cualificar, cotidiana y rigurosamente,  sus reflexiones y formas de leer y de escribir. En suma, crear una carta abierta, generosa y con  distintas entradas y platos fuertes para pensar, leer y escribir.

Ahora bien, aunque existen muchas formas para enseñar a pensar, leer y escribir, una altamente pertinente y transformadora es, en mi experiencia, la del taller, entendido como un teatro de escenificaciones de lo cotidiano en el cual las manos más que la cátedra y las reflexiones y pruebas más que las evaluaciones, se vuelven tradición común para todos todo el tiempo. A la vieja usanza medieval, el maestro enseña desde su propio hacer y el estudiante aprende observando, probando, preguntando, equivocándose, ensayando, hasta encontrar un método para hacer bien sus cosas. El taller tiene como su norma gramatical el gerundio: pensar, leer y escribir se aprenden pensando, leyendo y escribiendo.

 Propongo a continuación una posible ruta para llevar a cabo talleres de pensamiento reflexivo, lectura y escritura en cinco pasos. Al ser una propuesta, está abierta la contingencia de probarse y reacomodarse.

Paso 1. Arqueología de las propias prácticas. Lo primer es reconocerse: ¿quién soy? ¿Cómo pienso? ¿Desde qué herencias y métodos pienso, leo y escribo? Es un trabajo de fino cincel, de alto tacto educativo para lograr el encuentro con sí mismo. Estas preguntas pueden servir de acicate para tal intención sobre el entendido de que lo más importante es enfrentarse y reconocer los esquemas personales de vida que nos mueven; en tanto no se llegue a la médula ósea de la vida personal no se hará una verdadera deconstrucción ni reconstrucción del pensamiento, la lectura y la escritura. 

Y al par de esas preguntas, ciertos rituales de la intimidad: recuerdos, nombres, situaciones que bien pueden ir saliendo a flote en escrituras breves y personales: cartas, un diario, autorretratos, aforismos… una breve autobiografía. Sin este paso las demás etapas del taller no lograrán el anhelado efecto vigorizador  de la persona,  la educación y la democracia.

Paso 2. Modelado y antologías.  Modelar conlleva la idea de presentar un patrón que se considera digno de conocer e imitar, al menos como  primer punto de referencia, en tanto seña o faro para iniciar la travesía. En ese sentido, quien primero modela es el propio maestro; aquél que sabe un oficio y lo enseña desde su hacer. Los talleristas, de cierta manera, son ojo avisor para captar la experticia viva y en vivo de quien los dirige, entonces quien más debe mostrar pensamiento reflexivo y estrategias de lectura y escritura deberá ser el tallerista líder.

A la par del modelado en directo, vendrán a colación textos y estrategias (las llamó antologías,  pues son lo mejor de lo mejor para ser cultivadas) que el docente considere pertinentes para estudiarse. Textos   que por su calidad puedan dar luces sobre el pensamiento reflexivo, la lectura y la  escritura (Sobre la lectura, de Estanislao Zuleta, por citar uno), y estrategias (a guisa de ejemplo, las Rutinas de pensamiento de la escuela de Harvard, para nombrar una) que se postulen como los más adecuados  para conocer y replicar.

Lo que quiero destacar en este segundo paso es que se trata de hacer acopio de la tradición propia y social para que lo más excelso sea degustado por los talleristas, eso sí, con tiempo y concentración.

Paso 3. Prácticas y  transferencias. Una vez dedicado el tiempo y disciplina necesarios para conocer y analizar las antologías del modelado –etapa más de carácter académico propiamente hablando- se transita al in situ; a poner sobre la mesa, en la vida cotidiana, las lecciones asimiladas en el Paso 2.  Esos saberes hasta entonces teoréticos serán transferidos a los escenarios propios y más comunes de la vida educativa: las aulas de clase, y, no sobra decirlo,  entre mayor sean las distancias de transferencia (por ejemplo, llevar una estrategia propia de las matemáticas al terreno de la literatura) mayor será la capacidad de comprensión y asimilación.

Se trata de que el maestro que dirige el taller acompañe los procesos de interpretación y extrapolación que de  los textos y las estrategias hagan los talleristas. Dos preguntas pueden servirnos para dirigir  este momento: ¿cómo pensar críticamente desde esta lectura o estrategia…? ¿Qué métodos de los vistos podemos apropiar para leer y escribir con mayor capacidad?… Dichas inquietudes permitirán que lo leído y lo observado, pasen a ser aprehendidos por cada quien; que lo que se leyó o estudió no quede en un registro de notas sino que se forje masa para hacer de ella el propio pan. No olvidemos: un taller es un aprender haciendo, un gerundio puesto en escena: la tradición nos lega enseñanzas, el punto radica en cómo hacer uso de ellas; para esto es el taller.

Paso 4. Metacognición. Si el grupo de talleristas, muy a la manera del trabajo colaborativo o  de una  comunidad de aprendizaje continuo, ha aplicado ciertas lecturas y estrategias y las ha transferido a sus linderos cotidianos, ahora deberá hacer una evaluación crítica de qué aprendió, cómo aprendió y cómo volverá hábito lo aprendido. Sólo el hábito regenera el conocimiento y las prácticas. Los  círculos de opinión, las esquemáticas  y las lógicas de deconstrucción harán viable la metacognición.

Paso 5. Galerías. A la manera del pintor o del escultor, entonces viene el cierre del taller: socializar, publicar, mostrar los productos elaborados. Todo lo que se ha pensado, leído y escrito durante un tiempo determinado será  sustantivamente apropiado sólo cuando se cree algo nuevo. Esta dimensión del taller, esta poiesis, permite que los saberes teóricos y las prácticas estudiadas puedan volverse arcilla personal. Lo que fue la intimidad del taller ahora será galería para los otros, bien sean los  estudiantes u otros maestros.

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Como anotaba al inicio de este texto, no creo decir nada nuevo al afirmar que lo fundamental de la vida democrática es pensar, leer y escribir para participar y transformar, pero lo  inédito de ello radica en  darles a ellas la primacía. El taller,  concreción de la vida democrática para el  aula de clase,  nos permite aprender de otros, con otros y apropiarnos de las tradiciones para crear, para innovar. En una sociedad como la colombiana, anclada en enfoques y formas educativas más de corte transmisionista y pasivo, el taller se erige como un “nuevo” lugar para pensar por nosotros mismos.

1 comentario

  1. Me gustó mucho profe Rodolfo. Sobre todo «Se enseña lo que se sabe, Se da lo que se tiene» Eso nos obliga a todos los docentes a leer, escribir, releer y reescribir,… El escrito es como ese hijo al que siempre queremos corregir. Un abrazo profe.

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