Los primeros modelos

Rodolfo Alberto López Díaz.

 

La educación actual está rodeada de ciertos lugares comunes que por habituales poco sopesamos. Lugares tales como educar es formar integralmente, la educación desarrolla el pensamiento crítico,  educar permite forjar ciudadanía o leer y escribir son competencias fundamentales para todo niño y joven. Si bien estas premisas (y subrayo lo de premisas) son apuestas válidas y en su enunciación pertinentes y necesarias; también lo es el hecho de que ellas, en muchos casos, son ante todo territorios discursivos, más retóricas enunciativas que realidades cotidianas.

Tomemos sólo un ejemplo: leer y escribir son competencias fundamentales para todo niño y joven. Esto, que es absolutamente cierto, reposa sobre una  base poco sólida, y es que para que ello ocurra quienes primero deben modelar deben los padres de familia y los propios educadores. La lectura y la escritura, muy en particular, son verbos, esto es, acciones, labores, quehaceres del día a día que más que predicarse se viven en la vida diaria. Un hogar en el que se lee, en el cual los libros tienen presencia clara y concurrida, en la que los padres hablan de autores, frases, ideas o personajes o en la cual parte de las salidas familiares incorporan visitas a bibliotecas y librerías, sirve de germen, de semilla sobre la cual las nuevas generaciones tendrán una raíz vigorosa. Para estos niños no será entonces inédito relacionarse con los  libros, acariciar imágenes y relatos, acercarse y disfrutar poemas y fábulas. Sobre este principio sí se podrá, poco a poco y de manera palpable, forjar verdaderos lectores y escritores pues en este campo es la relación directa con los libros lo que marca la diferencia.

Y algo semejante ocurre con los docentes.

Difícil motivar a la  lectura o la escritura, arduo contagiar el espíritu de los libros si primero no se posee la actitud de cercanía con ellos. Espinoso generar ambientes de diálogo con la cultura escrita si ese coloquio no está interiormente inscrito en el propio maestro. Cuando nos enfocamos en ilustrar el “deber ser” de la lectura, cuando asignamos “tareas” de escritura sin modelación, tiempo, pertinencia ni socializaciones, será poco probable tener lectores y escritores en el aula. Dicho de otra manera: la primera piedra en el edifico de la enseñanza de la  cultura escrita está en el propio testimonio. Parafraseando a Ana María Finocchio, la lectura y la escritura deberán constituirse en una conquista de quien educa.

Valga la pena, en relación con lo anterior, hacer un balance propio, un examen para sopesar nuestros propios modelajes, nuestro particular vínculo con la lectura y la escritura. Las preguntas que siguen pueden avivar tal intención:

  1. ¿Cuántos minutos diarios dedicamos a leer?

  2. ¿Cuál fue el último libro que leímos por gusto o búsqueda personal?

  3. ¿Cómo está nuestra biblioteca personal?

  4. ¿Cuál es ese asunto o problema que nos dirige la selección de los libros que leemos?

  5. ¿Cuál fue el último texto que escribimos?

  6. ¿Tal escrito fue producto de una inquietud personal o un requisito académico o laboral?

  7. ¿Cuál es la tipología en la que mejor nos desenvolvemos cuando escribimos?

  8. ¿Compartimos con nuestros hijos y/o estudiantes nuestras lecturas y escritos?

Buena parte de las respuestas que demos a estos interrogantes nos indicarán en qué lugar estamos y qué rutas podemos recomenzar, antes de exigir a otros que lean o escriban. Así como no se dictamina la libertad tampoco se ordena la felicidad que se puede hallar en  las palabras; una y otra parten de búsquedas y compromisos personales.

2 Comentarios

  1. La constante búsqueda de la formación pedagógica y disciplinar en perspectiva permanente y desde la automotivación, son líneas de fuga que hoy aparecen para cualificar el rol profesional desde diversas «premisas» que en contexto nos demandan, nos interpelan en tanto brindan nuevas miradas a un quehacer milenario.

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