Para escribir un ensayo… La escritura

(Foto del maestro Octavio Paz revisando un ensayo).

Rodolfo Alberto López Díaz.

Escribir el primer párrafo

Como el poema o el cuento, el ensayo es un género vertical. A diferencia de la novela o el drama, no posee la extensión sino la intensidad. El ensayista, por tanto, deberá saber elegir con precisión de relojero las piezas con las que demarcará el poco tiempo, las escasas cuartillas que lo asistan. En tal sentido, en un ensayo es mucho lo que se piensa y poco lo que se escribe.

Ahora bien, en esta elegía a  la brevedad del pensamiento que es el ensayo, posiblemente la suerte se eche en el  primer párrafo. Éste es la carta de presentación del texto ante el lector y de su adecuada capacidad de sugestión y atracción dependerá en buena parte que se continúe o abandone su lectura. Un párrafo inicial que  de modo claro, contundente y provocativo presente el tema y la tesis permitirá darle un tejido posterior más sustancioso al eje argumentativo. Un lector que se enfrenta a un párrafo en donde se le dice qué tratará, cuál es la tesis y que plantea un contexto, un problema,  una causa-efecto o un problema-solución, seguramente lo dejará más cercado.

 Respecto a la tesis, es aconsejable enunciarla de forma directa. Para quien no tiene gran experticia en elaboración de estos textos argumentativos, situar de manera  explícita y desde un comienzo  la tesis o asunto central es lo más recomendable para evitar divagaciones.

Así como el título del ensayo condensa el tema  y la tesis, el primer párrafo  asume la postura-eje que se irá develando en los párrafos subsiguientes.

Veamos un ejemplo del maestro Octavio Paz:

 “VIEJO O ADOLESCENTE, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación. Tan celoso de su intimidad como de la  ajena, ni siquiera se atreve a rozar con los ojos al vecino: una mirada puede desencadenar la cólera de esas almas cargadas de electricidad. Atraviesa la vida como desollado; todo puede herirle, palabras y sospecha de palabras. Su lenguaje está lleno de reticencias, de figuras y alusiones, de puntos suspensivos; en su silencio hay repliegues, matices, nubarrones, arco iris súbitos, amenazas indescifrables. Aun en la disputa prefiere la expresión velada a la injuria: «al buen entendedor pocas palabras». En suma, entre la realidad y su persona establece una muralla, no por invisible menos infranqueable, de impasibilidad y lejanía. El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo, y de los demás. Lejos, también de sí mismo”.

(Tomado de El laberinto de la soledad, 1992. México: Fondo de cultura económica,  p. 10). El subrayado es mío.

 Si nos fijamos con cierto detenimiento en este primer párrafo que inicia el cap. 2, “Máscaras mexicanas”, del libro en mención, podremos constatar que la tesis es sencilla y clara: el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva. Aquí se asume una postura personal respecto al ethos del mexicano; Octavio Paz no duda en tomar posición en cuanto  al tema y las líneas que siguen, básicamente, desarrollan, amplían y adjetivan la tesis. El lector, entonces, no tendrá pérdida: sabe de qué le hablan (tema) y sabe qué  se afirma respecto al tema (tesis);  así no quedará desubicado. El punto será ver cómo se demuestra lo enunciado y para ello vendrán los siguientes párrafos.

 

Los párrafos que siguen…

Ya dicho lo sustantivo, ahora a destejerlo, a descomponerlo: desmembrarlo. Dado que en la tesis misma están en esencia los argumentos que la demuestran, el trabajo artesanal que sigue será desarrollar, uno a uno, los argumentos y para ello un primer consejo: por cada párrafo una idea o, si se quiere, por cada párrafo un argumento. Claro, habrá argumentos que requieren varios párrafos pero entonces la regla igualmente se aplica: por cada párrafo  de un determinado argumento, una idea-eje de ese argumento. Esto impedirá uno de los mayores problemas de la escritura: querer decirlo todo de una vez, de un solo golpe, en un solo párrafo. No olvidemos que la escritura, a diferencia de la oralidad, es secuencial: va de arriba abajo y de izquierda a derecha. Desteje idea por idea.

Si se es consciente de este principio, la escritura se hará más organizada y coherente y el texto se asemejará a una manta que se va tejiendo con orden. Por lo mismo, habrá que retornar al esquema de ideas previas que se elaboró en la preescritura. Este mapa posibilitará navegar sin encallar.

Otro consejo: a la manera de la tesis explícita al comienzo del primer  párrafo, es recomendable iniciar con una frase explícita al inicio de cada  párrafo. Después del punto seguido se la desarrollará en  detalle.

Con lo anterior se va montando la estructura del edificio ensayístico. Menester será, paralelamente, tener a la mano una buena cantidad de conectores para que los párrafos se relacionen, para que la escritura no quede como rompecabezas suelto: dependiendo  la relación interparráfica, así serán los conectores.

Un tercer consejo: una vez escrito un párrafo, releerlo y releer los anteriores, para así ir determinando si hay orden, repeticiones, vacíos… pero leerlo como lector ajeno, como si “eso” que está allí escrito no fuera nuestro sino de alguien desconocido y del cual desconfiamos. Leerse a sí mismo con sospecha; dudar de lo escrito, asumir que ese texto lo escribió alguien que nos solicita evaluarlo en detalle y «sin misericordia». Entonces la escritura se hará más fuerte, menos frágil. No dejemos de lado que se escribe para comunicar una idea o experiencia y que  lo escrito, ya en la página, no nos pertenece.

Para cerrar este apartado, vale la pena consultar diferentes documentos o libros respecto al párrafo y tipos de párrafo. Al menos uno clásico: Cómo se escribe, de María Teresa Serafini (1992, México: Paidós), en donde se hace un detallado registro de los tipos de párrafos que existen, seguidos con ejemplos y ejercicios.

 

El párrafo de “cierre”

Si hemos logrado  enunciar con claridad y demostrar con precisión nuestra tesis, el párrafo de cierre hará las veces de trampolín: lanzará nuestra reflexión a la memoria y a  la resonancia del lector. Un ensayo, podríamos afirmar, cumple su cometido cuando nos evidencia una fractura en nuestro inquebrantable edificio de creencias o cuando nos alumbra con una perspectiva hasta entonces inédita.

Por lo mismo, el párrafo de “cierre” es la manera más sutil e inteligente de  concluir el tema, de sellar nuestra defensa y/o de abrir otro tema. A manera de ejemplo, modelo y provocación, veamos cómo concluye Octavio Paz su largo y  lúcido ensayo El laberinto de la soledad:

“El hombre moderno tiene la pretensión de pensar despierto. Pero este despierto pensamiento nos ha llevado por los corredores de una sinuosa pesadilla, en donde los espejos de la razón multiplican las cámaras de tortura. Al salir, acaso, descubriremos que habíamos soñado con los ojos abiertos y que los sueños de la razón son atroces. Quizá, entonces, empezaremos a soñar otra vez con los ojos cerrados”.

 

 

5 Comentarios

  1. Intensidad, brevedad de pensamiento, provocación, tesis clara, ser explícitos, usar conectores, brindar fuentes científicas, ser lector explorador antes de darle cierre, hacer un cierre reflexivo, presentar fracturas o creencias, defender con fuerza y abrir nuevas rutas para continuar la escritura, son pinceladas de sentido y potencia en este nuevo viaje….la escritura de ensayos.

  2. Generar un ensayo mas que un arte es un buen manejo tanto del tema como de la confianza en lo que se va a escribir, es fácil para quien conoce del tema, dejar claro desde un principio la interrogante ¿a donde quiere llegar?, mas para quien no sabe, escribir se vuelve una secuencia de pasos a seguir para lograr una coherencia en un texto final.

    Un ensayo, si se lleva desde un principio por un camino conocido, (claro esta sin quedarse en la comodidad) y si se manejan argumentos fuertes, es muy difícil de ser refutado, logrando en los lectores un pensamiento que concuerde con el ensayista.

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