Las lecciones del covid-19

El triunfo de la Muerte. Pieter Brueghel el Viejo.

La humanidad, a lo largo de su paso por el planeta, ha sorteado toda suerte de pestilencias, pestes, epidemias y pandemias. Muchas de ellas devastadoras, pero aún así aquí seguimos. Posiblemente esta que nos asalta ahora, el COVID-19, sea una de las mayores tanto por su  carácter tan letal como por el contexto social y económico en el que surge y del que fácilmente se alimenta. Sin posar de alarmista o apocalíptico, los que sobrevivan (o sobrevivamos) serán privilegiados pero, en igual condición, esta civilización tendrá una lección única, crudísima y que sin paliativos la obligará a transformar sus creencias y prácticas.

Por tanto, habrá que leer esta pandemia con sentido crítico y propositivo para actuar en consecuencia. Pero ¿qué nos está enseñando tal catástrofe? Entre otras cosas:

o  Nuestra profunda e inevitable fragilidad. No somos los todo poderosos, intocables  o invencibles en la cadena de la vida; somos criaturas frágiles,  nimias frente al universo y el planeta. El golpe nos dice que no somos los reyes de la creación sino una especie entre otras, sólo que embelesada en sus propias vanidades. Nuestra racionalidad, tecnologías y emporios económicos (mitos de la Modernidad)  resultan, finalmente, débiles y  se desmoronan ante nuestros propios ojos.

o  Que se puede vivir con lo básico. Esto es, que la salud, un techo, una cama limpia, agua potable y comida son las fuentes básicas para vivir. Que el consumo exagerado no es indispensable; que tantos y tantos excesos son solo eso, excesos, algo de más que no es imperioso para una vida digna. Que posiblemente una vida tranquila y sencilla sea el mejor regalo, la principal receta de la felicidad. 

o  La corresponsabilidad, pues nadie está solo. Los intereses tan individuales, de familia o grupo atizan los problemas, los agravan.  La moraleja es que cada uno es todos; que nadie vive solo y que no existen acciones aisladas, pues existimos y nos afectamos mutuamente. Es cierto: el aleteo de una mariposa en Sri Lanka puede provocar un huracán en Colombia. Lo que han dicho y modelado místicos, sabios y artistas nos lo enrostra el coronavirus: todo está conectado; lo sistémico nos gobierna.

Seguramente son muchas más las lecciones pero las arriba anotadas son más que suficientes para hacer de nuevo la tarea. Aunque estas lecciones no se detienen aquí. Igualmente,  el coronavirus nos reta,  por lo menos, a:

·     Vivir con sentido el hoy. El pasado es memoria y apego; el futuro, deseo. Solo tenemos un tiempo breve y frágil: el ahora. Apenas y de veras nos ha sido dado este momento y espacio, este fragmento de luz (como diría Salvatore Cuasimodo) para desplegar nuestra plena humanidad, nuestra mayor y mejor vitalidad. Ayer ya no es y mañana no existe. Claro, no se trata de quemar las naves, de asumir un  presentismo ciego sino de apreciar la vida que tenemos, de comprender el milagro de la existencia.

·     Desacelerar. Sí, quitar el pie del acelerador. Tanta competitividad y vértigo, tanto afán de novedad, tanto correr y correr para caer extenuados y sin aliento… Mejor caminar, detenerse un momento, observar y hasta contemplar. Oír con pausa, escuchar con atención al otro, disfrutar de las conversaciones con un aromático café o un buen vino. Leer o disfrutar de una película. Si lo pensamos bien, esos momentos de pausa son los que más recordamos en tiempos de crisis. Y también y muy posiblemente, desacelerar el consumo y  la economía de capital.

·     Asumir una vida más solidaria, incluida la economía. Este, en particular, es un desafío ingente: respetar y atender al otro, a lo otro.  Salir un poco de la cápsula,  abrir el círculo. Y posiblemente en Colombia esto sea altamente sensible dado que somos históricamente sociedades de apellidos, de pergaminos, de  exclusiones y reservas. En Colombia los preceptos de comunidad,  proyecto común o país suenan, desafortunadamente, más a mamertismo que a vínculo cotidiano. 

En similar condición, la economía mundial hace agua. Los mercados colapsan, muchas empresas cierran, el petróleo sube y baja, los emporios se desmoronan con ciega terquedad al negar que el principio de toda economía no está en   la prevalencia de unos pocos sino en el acceso de todos a los bienes de todos y que la prosperidad debe ser compartida, pero siempre, siempre, en consonancia con el sagrado respeto hacia la naturaleza, hacia el planeta. La lógica depredadora requiere ser sustituida por una lógica de la corresponsabilidad ética; sin plantea, nadie tendrá riqueza. Más allá de la vanidad y avaricia de unos pocos (muchos de ellos «líderes mundiales»), urge la convivencia de todos con todo.

Deseo concluir estas reflexiones apostándole a la educación. A las sociedades, países,  gobiernos, instituciones educativas y  comunidades de educandos y educadores nos corresponde, igualmente, una parte sustantiva de todo este embrollo para repensar y rehacer algunas cosas. Por ejemplo: 

§ Cultivar la vida interior.  En tal estado de cosas, urge darle vigor a ciertos hábitos y prácticas que en las aulas y hogar sean continuas y apreciadas. Hábitos como el  autocuidado, la meditación, el discernimiento y  la lectura; prácticas como la escritura y la configuración de proyectos de vida con sentido social.

§ Enseñar prioritariamente las humanidades. Pero no se trata de volver al viejo debate de ciencias o humanidades, de humanidades o tecnologías sino muy al contrario de fortalecer las ciencias, las tecnologías y el emprendimiento con perspectiva humanística. Que los marcos de formación estén atravesados por la  filosofía, la historia, las artes, el pensamiento crítico y creativo y la literatura, en diálogo con  la ética pública y la ética de las profesiones. Dicho de otra manera, pensar y desarrollar  los oficios ciudadanos y las acciones democráticas desde éticas del cuidado. 

§ Promover la interdisciplinariedad problémica en todos los niveles y contextos, de manera tal que los conocimientos se crucen con  los contextos reales que nos mueven y sacuden. Si la educación no ayuda a vivir mejor no tiene sentido.  

§ Investigar para transformar, que viene a ser lo mismo que indagar, sistematizar y proponer y así responder a contextos y problemas situados. Hacer investigación vendrá a ser cada vez más comprender problemáticas y establecer rutas para su mejoramiento.

La supervivencia, más que cuestión de azar es asunto de inteligencia y responsabilidad compartida. Muy seguramente la humanidad seguirá su camino pero en  la nueva forma  de viajar de nuestra civilización estará la clave. O aprendemos o nos extinguimos.

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