Ernest Hemingway escribiendo.
Cerca de 30 años de experiencia docente, múltiples cuartillas tachonadas, algunos libros publicados, investigaciones referidas al pensamiento crítico, ser testigo de las dificultades en la comprensión y la producción de textos o de los aprietos en la argumentación en estudiantes de pregrado y posgrado y los muchos libros leídos, pueden ser (creo) motivos para aseverar que definitivamente en la educación académica de lo que se trata es de LEER, ESCRIBIR Y PENSAR. En esta tríada está la esencia. Leer, escribir y pensar y enseñar (en lo posible) a leer, escribir y pensar es lo que en esencia contribuye a una buena educación académica.
Edmundo Husserl en Lógica formal y lógica trascendental afirmó que el pensamiento siempre se hace en el lenguaje, ligado a la palabra. Pensar, decía, es siempre un acto lingüístico, un uso del lenguaje. Dicho de otra manera, no se puede pensar sin lenguaje y el lenguaje expresa el pensamiento. Vygostki compartirá este axioma y con ello le dará todo un vuelto al desarrollo de la escolaridad moderna. Por su parte, Walter Ong, en Oralidad y escritura, defiende la tesis según la cual la escritura es una tecnología que forma y reestructura el pensamiento; escribir da consistencia al pensar. En similar condición, Etienne de Condillac expresaba que el arte de razonar se reducía a un lenguaje bien hecho. Como quien dice, pensar es un bien decir y para dominarlo las dos herramientas sustantivas son la lectura y la escritura. De hecho, se piensa no solo sobre lo que se experimenta sino sobre lo que los otros experimentan; los libros son la resonancia de la humanidad, leer es acoger esas resonancias y comprenderlas; escribir viene a ser, en esta sucesión cognitiva, interpretar y valorar lo comprendido. Pensar, pues, es el dominio lingüístico de sí y de la cultura obtenido por procesos rigurosos y regulares de comprensión, interpretación y valoración.
Si lo hasta aquí dicho es aceptado, entonces aceptado será que pensar, leer y escribir precisan de hábitos, esto es, de procedimientos frecuentes llevados a nivel de conciencia y ejercitados según algunas estrategias para su mejor resultado. De esta manera significado, el hábito ya no será una mera rutina sino una pericia, producto de la experiencia. Por lo tanto, quien piensa con rigor y claridad, hace suyas ciertas habilidades de lectura y de escritura, las que le llevan, efectivamente, a la solidez del intelecto.
Y aunque pueda sonar a perogrullada, algunas habilidades de lectura y escritura sobre las que vale la pena recabar y enseñar con insistencia, para darle vigor al pensamiento, pueden ser:
· Leer. Sí: leer. Dedicar un tiempo (palabra clave) a sentarse, recorrer en detalle y con paciencia (otra palabra clave) un texto. A detenerse en las palabras, oraciones, frases, títulos, subtítulos, pies de página, índices temáticos y bibliografía que ese texto proporciona. Imposible mejorar la capacidad de lectura si no se lee así. En esto está la llave de bóveda del pensamiento. De hecho se piensa sobre lo que otros han pensado. Nadie piensa sin conocimiento ni tradición; pensar es conocer la herencia. Para efectos de la didáctica, menester será leerle a otros y que ellos lean en el aula. Dar el tiempo y el recogimiento para que la lectura fluya.
· Subrayados y anotaciones de lo leído. Desde las viejas tradiciones de las abadías, la lectura de la palabra escrita está atada a la escritura. Leer no es solo detenerse en la palabra allí puesta, fonetizarla y rememorarla; también es volver sobre lo leído para amasar un sentido (significado, dirección, en su etimología) con subrayados y comentarios o glosas. Se subrayan ideas y se comentan párrafos; los esquemas serán del texto en su conjunto. Así, cuando se subraya o se escribe algo a propósito de lo leído se piensa con distancia y parsimonia. Pensar es una suerte de observación atenta desde la distancia. Qué mejor, desde esta propuesta, que un docente enseñe a subrayar, glosar y hacer esquemas desde su propia experiencia, contando los secretos de su hacer, los errores de su práctica lectora o, si se quiere, mostrando cómo escritores de oficio lo han hecho. Por ejemplo las correcciones que hacen los novelistas a sus propias obras, leyendo no para complacerse en su creación sino buscando el desliz, el vacío, la incoherencia, la repetición. Incluso, tener a mano y mostrar (esto es clave en la didáctica de la lectura, la escritura y el pensamiento) cómo corrige un editor un documento.
· Contextualización de lo leído. Se lee desde un tiempo y sobre un tiempo. Las condiciones políticas, económicas, religiosas o morales impregnan a los textos y lectores. Cuando se leen palabras se leen creencias, intereses y sesgos; vidas privadas y plazas públicas. Podría atreverme a decir que pensar es hacer visibles los matices, los claros oscuros, aquello que está entre líneas y detrás de las líneas (al decir de Cassany). Pensar es mirar con lupa. Para la esfera educativa, consultar líneas de tiempo, paradigmas de una cultura, asociaciones a las que pertenecía el autor, otros autores y obras opuestas al texto leído, entre otros, permiten desarrollar la lectura de contextos. De hecho cuando se lee en conciencia de los tiempos (el mío y el del texto) la comprensión se torna en horizonte.
· Algunas ideas a partir de lo leído. Este puede ser el momento para “levantar la nariz”. Ahora sí. En las etapas anteriores dominó el texto: la intento operis que tanto expone Eco cede su trono, ahora, a la intentio lectoris. Es la etapa en la que Perseo toma la cabeza de Medusa: ya el lector ha dominado al texto. Si en un inicio con paciencia de buey se recorrió el texto, se transitó por sus celdas y pasillos, sucede a continuación otra situación: se proponen ideas sobre lo leído; se escriben aquellas palabras, conceptos, hipótesis que el moviento de la mente viene procesando. Pensar entonces es la esquematización de las pulsiones interiores que se venían gestando. Pensar es sacar, afuera y con orden, la simultaneidad de imágenes, percepciones, ideas, frases que estaba allá recogidas, agazapadas en una especie de gramática interior. Pensar, parafraseando el mito platónico, es sacar a la luz y en secuencia una interioridad convulsionada. Esta estrategia puede fortalecerla el docente con diálogos abiertos, “lluvias de ideas” y mapas mentales. Así se irá aprendiendo desde el aula que la concepción de ideas, frases, pensamientos, categorías y juicios es una pausada masticación que exige ante todo enfocar la mente en aquello que se lee; que el pensamiento, como la creatividad, es más resultado de una parsimoniosa deglusión que una combustión espontánea. Pensar, leer, escribir, se parecen más a labrar un terreno que a prender una hoguera.
· Plan de escritura. Posiblemente inicie acá, de manera más formal, el advenimiento de la escritura. Cuando se ha leído como arriba he acotado, la escritura tendrá mejor consistencia, iniciando con un plan que a mi juicio es la estrategia más necesaria, útil y eficiente para escribir en cuanto que se escribe con ideas y en un cierto orden. Eso es un esquema: la representación depurada, ordenada y secuencial de las ideas y momentos ejes de un escrito. Cuando se llega al esquema -después de tanteos, borradores, tachones- se tiene el nervio de lo que a continuación serán palabras en párrafos. Los esquemas precisan el pensamiento; el pensamieto se precisa en esquemas; un esquema de ideas es algo así como la fotografía del razonamiento. Tal esquema, considero, sí es necesario verbalizarlo, presentarlo en el aula, exponerlo para que sea retroalimentado y fortalecido.
· Borradores. Creo que la mejor definición de escritura es borradores sucesivos. No es nada nuevo aunque en la educación no se cumple: escribir es un continuo, un proceso infatigable de pensar, leer, tachonar, pensar, reescribir, reescribir… Una labor solitaria y tenaz en la que se enfrenta a un monstruo de mil cabezas con el torso desnudo. Por lo mismo, quien escribe piensa con severidad. Pensar connota someter las ideas a la tensión de la hoja en blanco. Labor del docente será leer con ojo de editor y proveer espacios para que cada dia o semana algo se escriba y reescriba; no se tratará, en absoluto, de escribir mucho sino una o algunas páginas que resistan el juicio de un lector ajeno.
· Edición. Finalmente habrá que sitiar, ponerle término al continuo. Se “culminará” el proceso del pensamiento con el texto publicado. La escritura en “limpio” saldrá a la luz y ya será de otros. Pensar puede concebirse, en esta perspectiva, como una maduración de ideas y juicios bien dispuestos en un texto claro, coherente y sugestivo. De alguna manera, una institución educativa viene a ser la memoria de muchas publicaciones.
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Las anteriores son apenas algunas propuestas fruto del quehacer de años. El hecho es que la educación académica y en ella la didáctica de la lengua escrita, retomando a Dewey, consiste en la formación de hábitos de pensamiento vigilantes, cuidadosos y rigurosos y que desde la lectura y la escritura el pensamiento piensa mejor
Completamente de acuerdo. Y así como la lectura y la escritura tienen su espacio para la didáctica, el pensamiento también. Harvard a través de las rutinas de pensamiento crea herramientas para desarrollar hábitos de mente que van unidas, conectadas a la lectura y a la escritura. Qué bueno sería que los maestros del siglo XXI conocieran estas rutinas y las desarrollaran en sus clases. Dejo abierta la inquietud.
Necesito que pensar leer y escribir para el corona virus.