Visión y calidad

 

Ilustración de Christina  Schole

 

¿Cómo imaginas tu vida? Esta es la pregunta fundamental que determina nuestra existencia y aplica tanto para el individuo como para la sociedad y las instituciones. Cuando nos hacemos esta pregunta estamos situados en la visión que creamos de nosotros mismos, en el proyecto que nos da el sentido del trayecto. La visión viene a ser, pues, el conjunto de deseos, creencias, valores y apuestas fundamentales que emplazamos en perspectiva de largo plazo para seguir y llevar a cabo; esas metas que nos proponemos a futuro y que permiten establecer el rumbo de nuestra cotidianidad.

Ahora bien, esta visión es un proceso de maduración lenta que sitúa en diálogo y tensión, al menos, a un contexto (condiciones sociales), unas capacidades (habilidades con las que se cuenta) y unas probabilidades (condiciones posibles de concretarse). La visión, así entendida, fragua la manera de concebirnos y de percibir nuestro paso por el mundo. Ella hace de brújula para el recorrido y atiza la manera como respondemos ante los frecuentes avatares. Darse el tiempo para imaginarla y precisarla será el garante del sentido. Sin visión, seremos presas fáciles de los vientos y las tormentas, de las modas y los deseos ajenos.  Sin visión, nuestra vida se reduce a una sucesión de actos impulsivos carentes de perspectiva, a una existencia sin gobierno propio.

Y una vez concebida la visión, sobreviene la generación de las estrategias o medios adecuados para alcanzarla. No bastan los buenos deseos o los impulsos del instante; se precisa de un plan sesudo y pertinente, enmarcado en tiempos, hábitos y actividades sucesivas y escalonadas para su consecución.  Si la visión, por dar un ejemplo, se refiere a tener una vida sana y próspera, las acciones que se elijan implicarán, entre otros, ejercicio, dieta balanceada, trabajo, ahorro y buenas inversiones. Y a su vez, cada una de estas, se desplegará en unas de menor rango. Dicho de otra manera, las estrategias hacen que la visión sea posible o quimérica. Las estrategias, si son pertinentes, viables y continuas, darán vida a la visión proyectada. Otro ejemplo: una institución educativa tiene como visión llegar a ser líder en la formación de profesionales que se destacan por su liderazgo y transformación social. Las estrategias, entonces, estarán encaminadas a promover docentes y estudiantes con alto rigor académico, pensamiento crítico, perspectiva histórica, creatividad, resolución de problemas y compromiso ético y cada una de estas deberá ser desagregada en actividades, recursos y tiempos concretos y regulares. De no ser así se cae en los catálogos de las buenas intenciones y los cambios sin sentido ni permanencia.

Ya para el plano de la visión colectiva o institucional, en particular, esta debería ser clara, informada y compartida. Clara alude a que su formulación será precisa, breve, con un valor o valores factibles en tiempos bien estipulados; informada connota que todos los miembros de esa comunidad conozcan y entiendan la visión, y compartida, que esos miembros asuman o incorporen en sus prácticas personales cotidianas las estrategias para plasmar dicha visión. En el caso de nuestro país, Colombia, la Constitución de 1991 podría hacer las veces de visión: de proyecto social, de imaginario comunitario, de sueño compartido que se espera llegue a concretarse. Para el ámbito de la educación colombiana, la visión estaría dada ya en la Ley 115 de 1994. Es más, sobre esta ley ninguna institución formal requeriría forjar una visión propia sino más bien disponer los medios convenientes en contextos específicos para cumplirla.

Pero en medio de estas reflexiones sobre visión y estrategias, surge una coletilla que, especialmente en el mundo de hoy, enrarece el ambiente. Me refiero al estribillo de la calidad. Calidad se refiere a los atributos naturales o inherentes de algo:  cuál, de qué clase, de qué naturaleza, que desde Platón (él hablaba de poios) y pasando por Cicerón (quien enunciaba el término qualitas) pasa a occidente como condición de excelencia de algo. La calidad entonces viene a ser el estado (permanente) de majestad de como algo se da. Empero, en los imaginarios y discursos actuales hablamos apresuradamente de calidad olvidando en buena medida las condiciones que ella requiere: tiempo, espacio, recursos, persistencia. Y me viene a la mente, precisamente, el eslogan de educación de calidad. ¿Qué quiere decir, cabalmente hablando, educación de calidad? Ante todo, la respuesta depende de la visión que se tenga y, en segundo término, de si las estrategias y condiciones de posibilidad de que se dispone afirman efectivamente tal visión en grado de excelsitud. Pienso, entre otras cosas, en la educación virtual o, en similar condición, en los retos a los que se enfrentan los educadores de hoy y me surgen otras inquietudes: ¿es posible una educación de calidad sin una visión clara y unas estrategias pertinentes?, ¿es viable una educación de calidad sin tiempo para pensar, planear, escribir e investigar, o sin los adecuados recursos tecnológicos?

Retomo la pregunta del inicio: ¿cómo imaginas tu vida? Esta viene a ser la cuestión fundamental que determina nuestra existencia y aplica tanto para el individuo como para la sociedad y las instituciones. Volver sobre ella y asegurar las condiciones para llevarla a cabo de manera plena y suficiente nos permitirá acercarnos al florecimiento humano o calidad de vida. Taxativamente en la educación, no podemos hablar de formación de calidad sin una visión clara que se despliegue cotidianamente en tiempos y recursos apropiados.

Deja un comentario