
Dice Kavafis al inicio de su poema Itaca:
Cuando hacia Itaca salgas en el viaje,
Desea que el camino sea largo,
Pleno de aventuras, pleno de conocimientos.
Sean Itaca las metas que nos trazamos. Sin ellas, sin esos derroteros o puntos fijos en el horizonte que guían la travesía, cualquier puerto es adecuado pero, una vez elijamos las metas, mas cuando optemos por ciertos faros y dejamos de lado otros, el periplo se tornará en sentido vital, en valor no negociable. Las metas son el principio y la raíz de una vida adulta, de una existencia apropiada, de una voluntad definida. De hecho, la misma etimología de la palabra nos brinda una mejor comprensión: en griego significa “más allá” o “después de”, y se emparenta con palabras como metáforao metamorfosis; ya en latín, enuncia el “límite más allá de algo”. Las metas, por consiguiente, se erigen en demarcaciones, lindes o fronteras, territorios que indican que nuestra vida, ahora, es de nuestra propiedad; que es un asunto sobre el cual yo tomo riendas, dirijo y proyecto. Discernir las metas y asumir el trayecto bajo su bitácora serán fruto, así, de balancear emociones y razones, capacidades y contextos, posibilidades y hábitos. A las metas se llega; ellas se construyen, no están a la “vuelta de la esquina”; son, en efecto, una conquista que cada quien debe procurarse tras el examen de tensiones, anhelos, deseos. Son, si se me permite la expresión, el trofeo obtenido en la batalla interior.
De ellas, una vez estipuladas o demarcadas, devienen los trayectos, los viajes. No cualquier ciudad, paisaje o ruta sirve. Serán unos pocos, esos y no otros, los que nos encaminen. Eso sí y en lo posible:
Desea que el camino sea largo
Que sean mucho las mañanas estivales
En que con cuánta dicha, con cuánta alegría
Entres a puertos nunca vistos;
Detente en mercados fenicios,
Y adquiere las bellas mercancías,
Ámbares y ébanos, marfiles y corales,
Y perfumes voluptuosos de toda clase,
Los más que puedas perfumes voluptuosos;
Anda a muchas ciudades egipcias
A aprender y aprender de los sabios.
Las metas configuran los recorridos. Las metas permiten trazar el mapa. Vendrán, en consecuencia, lugares y lugareños con los que nos toparemos pero ya sabremos cuáles estancias, personas y tiempos merecerán particular atención, sin desdeñar, en absoluto, las posadas efímeras y los acompañantes de turno. Itaca es la meta.
Aunque final y paradójicamente, llegaremos a entender (¿sabiduría, adultez?…) que las metas ante todo nos permitieron salir a los caminos, lanzarnos a los sueños, ir tras el Grial. Con razón sentencia Galeano: “Para qué sirve la utopía? Para caminar”. Eso precisamente: las metas dibujan el trayecto pero será éste más que aquéllas el que nos dará el sentido. Con razón concluye Kavafis:
Pero no apures el viaje en absoluto.
Mejor que muchos años dure:
Y viejo ya que ancles en la isla,
Rico con cuanto ganaste en el camino,
Sin esperar qué riquezas te dé Itaca.
Itaca te dio la bella travesía.
Sin ella no hubieras salido al camino.
Otras cosas no tiene ya que darte.
Y si pobre la encuentras, Itaca no te ha engañado.
Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta,
Ya habrás comprendido las Itacas qué es lo que significan.