A diferencia del vivir bien, que subraya más la obtención y disfrute de bienes materiales, la satisfacción de apetitos inmediatos y modas que oferta la civilización del espectáculo, el buen vivir acota el desarrollo de una vida examinada, equilibrada y en coherencia con principios éticos. En otras palabras, edificar nuestro trayecto vital sobre pilares menos corto placistas, sobre cimientos más de sentido espiritual (no necesariamente de carácter religioso) que eleven nuestros pensamientos, palabras y actos por encima de las circunstancias o las conveniencias exclusivamente individuales o economicistas. Dicho de manera breve: dedicarse a hacer de la vida una obra de arte que despliegue nuestro mejor yo y les aporte a otros.

Ahora bien, todo este caudal de buenas intenciones es tarea menesterosa, pues implica educarnos en ello y para ello. Una educación permanente, reflexiva, crítica, ética y propositiva que haya, precisamente, en la vida examinada,una de sus piedras angulares.
Si algo sustancial tenemos en común los seres humanos es la búsqueda de un buen vivir. Una vida plena que nos permita el mejor florecimiento posible: alimento, abrigo, dignidad,libertad, vínculos amables, desarrollo de nuestras capacidades y convivencia respetuosa. De una u otra forma, nuestros días se van en pos de ello, de una vida prolongada,saludable, creativa, al decir de Martha Nussbaum[1]. Nada más legítimo, cierto, pero nada más difícil.
Al decir del Sócrates de Platón[2],una vida que no es examinada no merece vivirse. Vida examinada en cuanto se sopesan habitualmente las emociones, pensamientos y acciones en pos de llevarlos a un mejor estadio; en conquistar,día a día, nuestro mejor yo. Pero no es posible una vida examinada sin, al menos, dos condiciones regulares: la pausa y el discernimiento.
La pausa es un espacio de fractura con la cotidianidad, de quiebre con los afanes del trabajo o los asuntos apremiantes. Algo así como un paréntesis de unos pocos minutos para no hacer nada, para sentir los latidos y flujos corporales y escuchar la respiración, para descansar la mente, para tranquilizarnos y luego preguntarnos: ¿cuáles son mis metas de vida?, ¿hoy, hoy, qué he hecho bien, en qué he fallado y qué puedo mejorar mañana?

El discernimiento vendrá a ser el conjunto de respuestas y acciones que se desprendan, mesuradamente, de la pausa. Una cierta manera de diferenciar, seleccionar y optar tranquila y racionalmente sobre la base de los principios articuladores de la vida elegida.
Gracias a la pausa y al discernimiento somos menos presas de las circunstancias, de los arrebatos del antojo o la ira. Detenerse unos minutos a poner la vida propia en frente (cual observador que contempla una obra de arte ensimismado), a evaluar lo correcto y lo perjudicial y a tender pensamientos, palabras y acciones de mejor talante,nos aproximan al buen vivir. No es mucho pero es demandante pues habituarse a pensarnos, a volvernos jueces de nuestra propia existencia, es embarazoso. Mejor nos resulta, más cómodo y poco comprometedor es dejarle nuestros más caros asuntos a otro, a otros.Pero la conciencia siempre está allí: atenta y vigilante. Un solo minuto de pausa bastará para que ella nos llame al orden y nos invite a ser los hacedores de nuestros propios días.
[1] Cfr. Martha Nussbaum. Crear capacidades, Buenos Aires: Paidós, 2015.
[2] Cfr. Platón. Apología de Sócrates, Critón, Fedón. Madrid: Akal, 2005.