Parece que los males de la sociedad de consumo han anclado, y sin reversa, en los puertos y navíos de la vida académica. Parece que las toneladas de información, datos, cifras, encuestas, “análisis”, experiencias, publicaciones indexadas y demás animales fabulosos de la academia finalmente nos arrojan, después de leer, “investigar” y publicar, a un profundo vacío, a una liquidez (como diría Bauman) en donde finalmente poco queda, donde mucho se evapora. Entonces, ¿a dónde se han ido las ideas, el pensamiento vigoroso, la lucidez, la capacidad de asombrar y trastocar el mundo? ¿De qué sirve tanta palabra si no hay detrás de ella idea que inaugure el mundo? ¿A qué cementerio de nadaísmo está llegando la vida intelectual en la academia?
A todos aquellos a quienes nos duele la universitas (por citar sólo un eslabón de la cadena), nos correspondería hacer un pare. Evaluar, reevaluar nuestro PENSAMIENTO, nuestras IDEAS (sí, en mayúsculas), pues las fauces de la conveniencia, del pragmatismo, de la supervivencia laboral, de los puntajes y las vitrinas de la “calidad”, nos están devorando. El tiempo y las condiciones para PENSAR cada vez son más exiguas, cada vez menos se PIENSA en la academia, aunque mucho se habla y se investiga. Posiblemente sea esta pirotecnia del lenguaje, este verbalismo sofisticado, estas jergas nebulosas las que estén ocultando, en muchos casos, la falta de ideas, la anorexia del pensamiento de buen número de docentes e investigadores. Parafraseando al Ricardo III de Shakespeare, se podría reclamar en medio de reuniones y foros educativos: “mi reino, cambio mi reino por una idea”.
Decía Rubén Darío: “De desnuda que está brilla la estrella”. Algo así, me atrevo a suponer, debería ser el pensamiento: alumbrado por la brevedad, la verticalidad, la hondura de una idea que se desenvuelve sin perderse; que destella al universo sin dejar su propia luz. Cómo nos falta escuchar y leer menos discursos doctos y más ideas iluminadoras. Cómo nos falta volver a dejar que el pensamiento se diga y que tantas y tantas citas y bibliografías (necesarias en algunos casos, por supuesto) no oculten la fragilidad de la reflexión. Deberíamos buscar entre tanta maleza la flor de lo que queremos decir.
Por lo anterior, pienso en la valiosa presencia en la academia de la oralidad y la escritura argumentativas –por no hablar de la poesía-. Ojala poco extensas, para obligar al pensamiento a decir lo básico y a demostrarlo con lo sustancial enseñándonos a precisar, distinguir, categorizar y demostrar con mayor rigor y aliento. Para también, igualmente, servirnos de la información y pensar por nosotros mismos y no disfrazar nuestra torpeza o confusión con brillantes citas ajenas.
¿Cuándo será que la idea, rotunda y bien dicha, volverá a ser el centro de la vida educativa?
Docente universitario, investigador y ensayista. Áreas de énfasis: Lecturas y escrituras, Educación para la comprensión y Modelos educativos. Asesor y consultor en Enseñanza para la Comprensión y en Didácticas para el desarrollo del pensamiento crítico y la educación ética.
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6 Comentarios
Me gustó tu artículo Rodolfo. Muy reflexivo. Induce a buscar la esencia entre las muchas cosas que brillan sin aportar mucho valor.
Me gustó tu artículo Rodolfo. Muy reflexivo. Induce a buscar la esencia entre las muchas cosas que brillan sin aportar mucho valor.
Gracias por tu comentario y por la lectura del blog.
Gracias por tan gentiles palabras.
Gracias a ti por la lectura del blog y los comentarios
Interesante artículo. Gracias por escribirlo, un abrazo fraternal. Martha
Martha gracias por tu comentario.Un abrazo.