Replantear nuestra educación (1)

Aunque son innegables los recientes avances que se han dado en la educación colombiana (especialmente en cuanto a cobertura y a los programas de  Jornada única y Ser Pilo Paga), lo cierto es que aún estamos muy lejos de considerarnos con una educación de calidad.  Pesan, y demasiado, problemas endémicos que no se han logrado  erradicar y que de no  enfrentarlos harían irrisoria toda nueva tentativa de mejoramiento. Veamos algunas de estas plagas históricas que, lejos de las mañosas  intenciones retóricas de  los políticos de turno, ameritan una verdadera transformación estructural si  de vernos como una nación digna y con futuro se trata.

1ª. Una educación sin dolientes. Salvo la necesaria “rendición de cuentas” de los políticos y tecnócratas de turno o de los afanes – tan limitados a sus propias descendencias – de los padres, lo cierto es que el problema de la educación a muy pocos les importa en la vida cotidiana. Cada quien apela a ella  excepcionalmente  más para buscar culpables por los bajos resultados en pruebas de Estado o internacionales–y en ello siempre caen los mismos de siempre, es decir los docentes-, condenar la pérdida de valores, intentar explicar nuestra ciega incapacidad para pensar más allá de las emociones primarias, compararnos fatídicamente con otros pueblos –ellos sí avanzados y educados- o alegar los vacíos académicos de las actuales generaciones.  Y aunque mucho de ello sea cierto,  lo que de  fondo ocurre es que la educación, en tanto tema vital de nuestra sociedad, de nuestro presente y futuro, pocos dolientes tiene. Proclives a los inmediatismos, nos cuesta a quienes habitamos esta parcela del mundo que llamamos Colombia, pensar de manera detenida, con información, argumentos y propuestas, el asunto nuclear de la educación, o lo que es lo mismo, no somos dados a hacer debates abiertos y profundos sobre qué idea de nación queremos y cómo queremos llegar a serlo.

Y es que el tema de la educación no es de  especialistas, tecnócratas o políticos de oficio sino, muy al contrario, un proyecto de todos, la columna vertebral de  una sociedad, la forma como un grupo humano se identifica y decide ser y vivir, lo cual nos apela de forma irrefutable, sin excepciones y en un esfuerzo para trascender lo personal y situarnos como personas que piensan en un bien común.

En tanto la educación no nos duela a todos, en tanto no sea un asunto cotidiano de responsabilidad colectiva, en tanto no hablemos de ella de manera  informada, crítica y propositiva-más allá de recaer en los vicios de señalar a los políticos o a los docentes como los culpables del aciago destino nacional-, en tanto cada quien no la asuma como su prioridad y la prioridad para su país, no podremos salir del estado de postración en donde nos hallamos.  Se trataría de ir más allá de los discursos electoreros, de las intenciones sindicalistas, de las chivas periodísticas o de las modas  en las redes sociales y hacer de la educación el tema nacional por excelencia. Que seamos los ciudadanos, la sociedad civil, la que determine como brújula de su presente y futuro a la educación. ¿Mucho pedir?

 

2ª. Educación pública versus educación privada. Aberrante es, por decir lo menos, que en pleno siglo XXI la calidad educativa de un niño o joven dependa de los recursos económicos de su familia. Pese a los mandatos de la constitución del 91, el hecho es que lo que llamamos Colombia sigue siendo, propio de su ethos colonial, un grupo mal apiñado de disímiles intereses, regiones, ideologías y  apellidos. Una mezcolanza de blancos, negros, indios, mulatos, zambos; una colcha medio tejida de liberales, conservadores y comunistas; una muchedumbre multicolor  signada por los estratos, los lugares de origen y los intereses de grupo o familia. Una colectividad, en fin,  que vive en el siglo XXI con las concepciones del XVI. Por estas razones es que nuestra  educación -mejor reflejo de una sociedad- se halla fragmentada. Además del dinero y de la casta heredada, en Colombia la educación es un factor determinante de exclusión. Baste ver sólo  los resultados en pruebas nacionales e internaciones entre  educación pública y  privada o  las preferencias de las empresas ante egresados de una o de otra. Sin ir muy lejos, hablar de educación pública –similar a referir pueblo, Estado o Gestión  pública– connota en nosotros ineficiencia y atraso.

En efecto, una sociedad que  tiene tan hondos  abismos entre lo público y lo privado, especialmente en educación,  está muy lejos de concebirse como país,  como proyecto unitario que pese a las diversidades pueda proponer y cumplir un sentido común y un destino propio. Esto que llamamos Colombia aún no ha sido pensado, cabalmente hablando,  como nación. Por lo anterior, si nos interesara asumirnos como  ciudadanos colombianos deberíamos propugnar por  una educación pública mayoritaria y de calidad  en la que la educación privada fuera la excepción. Una educación pública que respondiera a las demandas nacionales,  se organizara en torno a una idea de nación moderna –democrática, incluyente, consciente de su historia, hacedora de su propio porvenir, respetuosa de la dignidad humana y forjadora y controladora de verdadera justicia- y de la que todos, sin excepción, fuéramos sus usuarios y todos, sin excepción, la protegiéramos. Esto es, una educación de todos, para todos y con todos y centrada en la configuración de tres  valores fundacionales nuevos para nosotros: Nación, Democracia y Ciudadanía.

3ª. La baja  profesionalización del docente. ¿Qué idea de docente tenemos en nuestros imaginarios? Es más: ¿qué lugar ocupa la profesión docente en el listado de las mejores profesiones? Claro, las respuestas ya las sabemos. En Colombia, dolorosamente y a  diferencia de países como Finlandia, Nueva Zelanda o Corea del Sur, ser docente es, cuando menos, un oficio muy poco estimado; un tarea  que se admira “profundamente”  pero que  casi nadie elige. El término docente acarrea en nuestro lenguaje social, entre otros,  sinónimos de “informalidad”, “bajo salario”, “vocación sin mayor profesionalización”,  “amor al arte”, “milagro de supervivencia”, “sindicato”, “mucho estudio y poco reconocimiento”, etc. Todo ello quiere decir que en nuestra sociedad ser docente no es un honor, que quien es docente no es visto como persona prestigiosa y que estudiar para ser docente es un asunto de pocos y de locos. Onmipresencia axiológica  de una sociedad poco educada, que no confiere valor a la educación, que no le importa la suerte de sus educadores, que ve en la formación humana un asunto meramente retórico y que no piensa en lo común o público. De ser lo contrario, el docente sería la figura central y directriz.

Si de ser un país digno, próspero, con justicia, dignidad, creatividad y convivencia se trata, lo más natural es –como algunas naciones ya lo han entendido- hacer de la profesión docente la más prestigiosa, la mejor remunerada y a la que más se le exige. Empero, mientras sigamos haciendo de la docencia una “profesión” de poca monta y reservada para los menos capaces, poco haremos por ese país posible. Con docentes sometidos a jornadas extenuantes, sin justa retribución salarial, sin adecuadas condiciones para capacitarse e investigar –y de esto último sí que mucho se habla y prácticamente nada se hace, inclusive en las mismas instituciones educativas-, con políticas de improvisación y regateo presupuestal,  con sindicatos cómplices de la propia mediocridad de muchos docentes, con la mentalidad de empresarismo y resultados inmediatos que ahoga a la educación, con el sometimiento a decisiones jurídicas en donde el criterio docente poco vale, con el desprestigio de la vida académica y la intelectualidad -pues el “éxito” lo miden el dinero y la visibilidad mediática- , ser docente es un asunto quijotesco; un propósito nacional llamado al fracaso.

A lo anterior, debemos sumar que ante todo debemos ser nosotros mismos, los docentes, los encargados de profesionalizarnos cada vez más. Dejar las zonas de comodidad, superar las discusiones de sindicalismos planos y burocráticos, generar redes de  formación continua, establecer un programa de unidad nacional coherente y disciplinado que atienda y despierta los intereses de una sociedad como la soñamos y de darnos el lugar que merecemos con base en nuestra propio trabajo profesional.

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