La reciprocidad en las relaciones más cercanas

Miguel Ángel. Detalle de la Capilla Sixtina.

Rodolfo Alberto López

En medio de tantos afanes, responsabilidades y demandas laborales y económicas de la vida de hoy, cada vez cobra mayor sentido la importancia de cultivar las relaciones, especialmente aquellas que consideramos como más cercanas o fundacionales de nuestra vida: Me refiero, en concreto, a las relaciones con la pareja, los hijos, la familia y los amigos.

En estas relaciones el vínculo o ligadura sustancial que les da fortaleza y sentido, que las  hace crecer, ser fértiles, es el de la reciprocidad. Una relación de este corte, se alimenta de la reciprocidad, esto es, de la correspondencia mutua, de la  doble vía en los afectos, en el cuidado, en el tiempo. De hecho, en su etimología, reciprocidad  acota  “igual para uno que para el otro”. Una relación así, pues, se teje cotidianamente en la   bidireccionalidad, en la corresponsabilidad: cuido del otro y el otro cuida de mí. Relación bajo el entendido de la horizontalidad, de la simetría. Y aunque toda relación está enmarcada en condiciones de control y dependencia, de hecho en éstas tales condiciones son superadas por la reciprocidad.

A diferencia de las relaciones más de carácter laboral o público, si se pueden llamar así, las íntimas o privadas -movilizadas ante todo  por  la  libertad y la voluntad y no por la necesidad inmediata-, demandan de nosotros  mayor esfuerzo, tiempo y afecto para cuajar y fortalecerse pues lejos de anularme o ceder mi voluntad al otro, la relación en reciprocidad afirma mi singularidad y la enriquece en el conflicto, en la tensión por lograr lo mejor para los dos; así, este tipo de relación no es renuncia a lo propio sino creación de un proyecto conjunto a partir de lo más  propio. Estas relaciones  íntimas o privadas, se conjugan en la primera persona del plural.

Por lo anterior, forjar pareja, familia o amistad requiere la capacidad de darse al otro; de poner en balanza mis deseos y sueños y los del otro. Hacer del extraño un cómplice y llevar la complicidad a nivel de proyecto bueno para dos. Reciprocidad, en otros términos, que apela a ceder la cuota de invididualidad por la de comunidad, marco en el que se puede convivir (vivir-con) a partir de un cierto acuerdo en el cual  dos ganamos algo y algo cedemos.

Posiblemente esa marcada tendencia a buscar a toda costa nuestro propio beneficio (ethos tan patente en nuestra sociedad colombiana y en el mundo contemporáneo) sea causa para que tales relaciones  se tornen en breves y esporádicas o que de ellas esperemos básicamente un “capital  de retorno” inmediato: placer, menos soledad, menos hastío…, desconociendo que, en el fondo, una relación  de reciprocidad mediatiza el deseo y nos lleva al umbral de mayor soledad pues sin ésta no puede haber sentido del otro. La reciprocidad es la cuota inicial de la conciencia de sí en despliegue hacia el reconocimiento del otro.

Bien podemos hacer de  esta época, cercana  al espíritu navideño y a los balances de cierre de año, el mejor pretexto para sopesar cómo vivimos la reciprocidad.

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