Ladrona de libros o la opción por la vida

Rodolfo Alberto López Díaz.

 

Con la guerra sólo gana la muerte, esa alma vieja a quien  tanto confundimos los humanos. Ésta, entre muchas otras, es una enseñanza de una película magistral: Ladrona de libros (The Book Thief, novela de Markus Zusak, llevada al cine por Bryan Percival en 2013).  La he visto de nuevo,  he disfrutado de su sabiduría, de su exquisita  hondura, de su delicada fibra para ponernos  en sintonía con lo mejor y lo peor de nuestra humana condición. Tal enseñanza viene como anillo al dedo para buscar luz en medio de tanta oscuridad que habita en nuestro país. Y es que no se puede “vivir” así: entre odios, venganza, sed de aniquilamiento, legalismos. Pareciera que no quisiéramos más destino que orgías de sangre, jóvenes mutilados, viudas y huérfanos, presupuestos para  tecnología destructiva, cizaña y conflagración. Pareciera que nuestra imaginación y esperanza se limitaran a reproducir los mismos campos minados,  bombardeos, lucro personal y manipulaciones que  ciertos grupos y políticos desde antaño han concebido y administrado. Pareciera como si esa alma vieja llamada muerte tuviera un contrato especial e indefinido con algunos pocos colombianos que no pueden concebir un país sin el reinado violento de aquélla.

 

Y a la par de esa enseñanza, sobreviene una más en el filme de Percival: la palabra da vida. La lectura y la escritura vienen a ser esa forma en que el hombre le antepone sentido a la barbarie. Leer, escribir –literatura, muy especialmente-, son vida y vida renovada. Quien habita un libro, quien anida entre palabras, ejerce una suerte de fraternidad con la esperanza, una comprensión ética del bienestar y la justicia, un mayor magisterio de la bondad pues logra entender que la alteridad y la diversidad son el secreto íntimo, la fibra medular de la convivencia entre todos. Tal vez por esto, leer, leer con, dar de leer, escribir y enseñar a escribir sean la mejor escuela para la paz. Aunque mucho se hable de respeto, tolerancia, virtudes cívicas o democracia, lo cierto es que ninguna de éstas es posible sin las adecuadas  dosis de lectura y escritura, dado que leer y escribir son ejercicios plenos de intersubjetividad y de voz en medio del silencio o la tiranía. Ante los avances de una sociedad que lee y escribe, la muerte ejerce un reinado menos violento. Así, los padres y maestros que dedican tiempos cotidianos a compartir hojas impresas y por imprimir hacen mucho más por la convivencia que los sonoros anuncios de políticas educativas o programas de alfabetización, claro, sin desmeritar a éstos. Una niña narrando historias, un joven tachonando versos o buscando argumentos  y una mujer testimoniando su esfuerzo siembran más avenencia que proclamas y discursos, sin menoscabar la necesaria valía de éstos.

 

O  la opción por los vínculos y los  nombres, por las historias personales, por la singularidad, por la unicidad de cada persona –Liesen busca afanosamente en medio de la persecución nazi a  a su amigo judío Max. Cada quien tiene un nombre y una historia propia que son sagradas y precisamente uno de los mayores horrores de la guerra –qué enseñanza de la película- es que despersonaliza, lleva a la peste del olvido; elimina los nombres y los apellidos, roba las memorias e impone las ideologías por sobre el rostro del otro.

 

Sea esta obra de Percival una necesaria cuota de esperanza y lección para los días de incertidumbre que corren en Colombia. Más allá de decir sí o no a unos acuerdos del pasado Plebiscito, se trata de no permitir, nunca más y todos unidos, que la muerte nos siga ganando la posibilidad de optar por una vida digna en una nación en la que todos podamos florecer.

 

 

 

2 Comentarios

  1. Creo que es cuando se trata de los problemas que este tipo de conflictos causan solo puedo pensar en «La tumba de las luciérnagas» de Isao Takahata, una película espectacular que sin duda se puede relacionar.

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