Grabado de Gustave Doré sobre Caperucita roja.
Rodolfo Alberto López D.
No es cuestión de moda o mero discurso. El pensamiento crítico es una necesidad, un derecho y un deber en todo proceso humano. Necesidad, por cuanto nos hace esencialmente humanos; derecho, en la medida en que nos provee una verdadera ciudadanía y deber, dado que es un imperativo para ser cada vez más seres humanos en ciudadanía.
Pero entendámonos. El pensamiento crítico es una capacidad intelectual y ética continua gobernada por el análisis, la valoración y la proposición que hace de manera intencionada un sujeto frente a cualquier evento o texto de la cultura. No es, por tanto, diatriba, venganza o militancia partidista; es aptitud y actitud para gobernarnos por la razón y desde ésta observar en detalle, establecer relaciones y fisuras, luces y sombras y tomar posición. Lo más cercano a ella será, desde esta óptica enunciada, la mirada que interroga, separa, distancia y reúne topografías y propone paisajes.
Lo anterior me permite asumir entonces que el pensamiento crítico se puede enseñar y aprender y que labor de la educación es y será encontrar escenarios que nutran tal intención formativa. Para no dejar en vilo esta proposición, a continuación lanzo algunos posibles escenarios didácticos en su favor.
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De la frase afirmativa a la interrogativa. No sólo los temas o las actividades; más bien animar y acompañar al docente , al estudiante o al hijo para que se pregunte lo obvio, para que lea entre líneas las situaciones más comunes o extraordinarias y plantee interrogantes. Para que pase de la frase afirmativa a la oración interrogativa; no tanto “El lobo es el malo en el cuento de Caperucita roja” como “¿El lobo es el malo en el cuento de Caperucita roja?”. Con esto quiero decir que una tarea inicial es detener la mirada o el entendimiento sobre lo dado y franquearlo desde varias perspectivas. El hábito de preguntarnos por lo que vemos, oímos, decimos o hacemos; volver sobre lo “elemental “(sobre todo para indagar las percepciones que nos gobiernan) es un punto de arranque valioso. Un ejemplo del mismo cuento de Perrault: las tipificaciones del bueno y del malo y de lo correcto y lo incorrecto no son tan simples ni en blanco y negro: ¿por qué el lobo es el malo? ¿Qué es lo maléfico en su comportamiento? ¿Qué herencias e imaginarios nos predisponen a creer qué es lo bueno y qué lo malo? Entonces, no sólo reafirmar lo dicho en la narración sino y ante todo determinar qué nos quiere decir la narración; rastrear cuáles son los valores y tradiciones desde las cuales leemos el mundo ya que ninguna mirada es ingenua.
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Examinar los lentes con los que miramos. Dado que estamos llenos de juicios, y sobre todo de prejuicios, y que nuestra vida es más un deambular dando por supuesto lo que consideramos “lo correcto” para nosotros, será menester examinarnos, a la usanza socrática; explorar con qué lentes miramos. Identificar y caracterizar el conjunto de valores, las jerarquías o principios sobre los cuales reposan nuestras palabras y actos pues en realidad somos más el marco que el cuadro mismo. Cuando emitimos una proposición –lenguaje o acto- lo que de fondo actúa es la brújula que aprendimos, la tradición que heredamos, las virtudes que nos inculcaron y por lo mismo habremos de ponernos en sospecha con nosotros: ¿por qué hablo como hablo o actúo como actúo? Esta condición, de la mayor entraña ética, nos enseña que no sólo las impresiones o los formatos “externos” deben ser puestos bajo la lupa sino también el lente con los que los detallamos. Más que considerar “malo” al lobo de la historia y “buena” a Caperucita roja, será tarea pensar por qué los consideramos así. Puede que nuestros juicios sean más prejuicios, producto de la fábrica moral e intelectual que heredamos y que no hemos sondeado.
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Precisar la otra orilla. Esto quiere decir darle presencia a lo otro; no desestimar algo de entrada sino detallarlo, describirlo, mirar sus contextos y razones. Quien piensa de manera crítica atiende a la particularidad de la diferencia; se desdobla de su propia mirada y va en pos de comprender los contextos diversos y distantes. Muchas veces juzgamos desde nuestro marco axiológico descontando lo que el entorno cultural o coyuntural referido tiene de riqueza o de especificidad. Así las cosas, pensar críticamente es un denodado ejercicio de alteridad. Con esto salimos del fervor de la “primera impresión” o del emocionalismo y ponemos el corazón en tierra, decantamos la información. El lobo, posiblemente, obedece a su naturaleza o, por qué no, encuentra a los humanos -Caperucita, la abuela y el cazador- como potenciales enemigos de su entorno. ¿Cuándo los impresionistas dibujaban un atardecer, dibujaban el mismo atardecer?
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Valorar pero con evidencias. Pensar críticamente quiere decir tener evidencias, pensar y proponer desde pruebas, como manera de evitar el inmediatismo y dejarse llevar por las impresiones. Pensar críticamente es hablar con hechos, con razones que pueden ser puestas sobre la mesa. Ejercicio continuo será recabar datos, perspectivas, discursos, testimonios, ejemplos y contraejemplos para que cuando se produzca la valoración de algo ello esté soportado debidamente en comprobaciones. Si llegamos a emitir un juicio sobre Caperucita roja, deberemos tener todo un conjunto de evidencias que permitan hacer razonable mi postura personal. Sólo así se puede fomentar el discurso verdadero que es diferente de la habladuría o la opinión. Quien piensa de manera crítica está sometido a un juego de reglas entre las que se halla el recaudo suficiente de pruebas y la evaluación de las mismas. La valoración será, en buena lógica, la conclusión del acervo probatorio presentado.