Literatura y sociedad

Ilustración sobre la Divina comedia. Gustave Doré.

 

Rodolfo Alberto López D.

En la literatura, sin lugar a dudas, se halla la más completa expresión y re-presentación de la condición humana. Este arte, o bellas letras, como se lo ha llamado tradicionalmente, alberga en su seno de manera amplia, diversa y creativa –sublime, diría Longino-las ideas, pasiones y sueños de nuestra especie. Ya sea el poema, la narración extensa o breve, el drama o el ensayo, lo cierto es que en esta alquimia mágica toda la vida cotidiana se transmuta. Las habitaciones de nuestras sociedades, todas nuestras intimidades y secretos, allí se exponen, allí se denuncian, allí se ennoblecen,  allí se recrean.

Al tener su mirada centrada en las sociedades, voces e historias (siempre en plural, pues ella es multiplicidad pura, alteridad esencial, otredad sustantiva) la literatura nos permite re-conocernos, volver a lo que somos o queremos ser. Es espejo y refracción; realidad fantaseada y fantasía real. En nada nos engaña,  pues desde el comienzo nos dice su naturaleza bifronte. A nada nos obliga, pues en sus palabras discurren el ocio y la libertad. Pero también, cuánto nos enseña.

Nos enseña con Odiseo, por ejemplo, la obligación de  asumir la travesía y cómo toda vida es siempre desplazamiento, cambio de lugar pero también nostalgia por la Ítaca lejana. Nos enseña, desde Dante, el perdón y la redención de nuestro infierno interior por gracia de la amistad y del amor. Nos enseña con Rilke, por qué no, la búsqueda insaciable, el voraz apetito y la necesidad implacable – pese a las dudas, a los discursos del más añejo  positivismo escéptico- que todos  tenemos de lo mistérico y que en cada noche, en todo  amanecer, calladamente, anhelamos que alguien, más allá de la muerte,  esté al otro lado esperándonos. Nos enseña, valga confesarlo desde Montaigne, la agudeza del genio humano cuando piensa con detenimiento o, para no ir tan lejos, nos enseña que nuestro frágil tiempo sobre este mundo es como “loba que entierra a sus cachorros /como óxido en las armas de caza /como alga en la quilla del navío / como lengua que lame la sal de los dormidos / como el aire que sube de las minas / como tren en la noche de los páramos”…

Estas bellas letras, en fin, más saben por viejas que por letras. Nuestras sociedades, las presentes y nuevas generaciones, siempre hallarán en ellas su propio rostro y el rostro de todos.

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