So pena de ser tildado como “enemigo de la paz” o ave de mal agüero, deseo presentar en varias miradas una reflexión –producto del sentido común y la razón pausada- sobre los “Diálogos de paz” que se vienen realizando entre el gobierno del Presidente Santos y las FARC-EP en la Habana.
Esta primera mirada se centra en el imaginario social que recae en el concepto Posconflicto.
La denominación Posconflicto ha sido considerada erróneamente en nuestro país como la acción esencial, genérica y salvífica para llegar a la paz, pero nada más ajeno a ello porque el conflicto es connatural a todo ser humano y sociedad; no existen sociedades antes o después de conflictos sino sociedades con diferentes tipos de conflictos. Dice Paulo Freire: “No hay vida ni existencia humana sin pelea ni conflicto. El conflicto hace nacer nuestra conciencia. Negarlo es desconocer los mínimos pormenores de la experiencia vital y social. Huir de él es ayudar a la preservación del statu quo”[1]. No se pueden eliminar los conflictos sino minimizar sus efectos devastadores que en Colombia han llegado al extremo de la aniquilación moral, física y social del enemigo. Habría que hablar, en buenos términos, de los “Diálogos de paz en la Habana entre el Gobierno y las FARC-EP como una primera etapa para transitar hacia una sociedad sin conflictos violentos”.
A la par de lo anterior, cabe anotar que esos Diálogos de paz en la Habana entre el Gobierno y las FARC-EP, si llegan afectivamente a pactarse, implicarán todo un nuevo orden social, económico y político que garantice, por parte de las FARC-EP, el reconocimiento de los daños causados y los crímenes de lesa humanidad, la reparación a las víctimas, la entrega efectiva de armas y la cesación del narcotráfico, el secuestro y del reclutamiento de menores y, por parte del gobierno –aún no se podría hablar del conjunto del Estado- , la comunicación de los términos del acuerdo a la sociedad civil –gran ausente en todo ese proceso-, la verificación de los acuerdos, la planeación justa y equilibrada de recursos -sin detrimento de las condiciones de vida para los ciudadanos- y políticas a largo plazo para no retroceder en lo pactado.
Un tercer elemento. El Estado –ahora sí más que el gobierno de turno- debería iniciar un proceso de diálogos de paz con otros grupos irregulares y diferentes sectores generadores de violencia extrema pero ello implicaría una transformación de las actuales condiciones socio-económicas que los grupos históricamente detentores del poder y de los privilegios –especialmente ciertas personas, familias, clase política, grupos bancarios y empresariales y la misma guerrilla- han mantenido y que muy difícilmente estarían dispuestos a ceder. De hecho, las causas arrasadoras del conflicto armado en Colombia tiene sus orígenes en una sociedad que sigue siendo colonial, colonizada y con monarquías criollas empotradas en alimentar la exclusión y mientras esta condición cultural no se transforme todos los diálogos vendrán a ser flor de un día, porque nuevos excluidos generarán nuevos conflictos violentos.
Dicho en plata blanca: los conflictos no se eliminan sino que se transforman –ideal: de más a menos devastadores-, y dialogar con las FARC-EP es necesario, pero ello será un camino largo que si llega a feliz término no implicará por sí mismo que nos volvamos una sociedad pacífica. Las causas fundamentales de la cruda violencia que padecemos está en nuestras entrañas históricas y exceden con creces dichos diálogos.
[1] Cfr. Cartas a quien pretende enseñar, 2010, México: Siglo veintiuno editores.
Docente universitario, investigador y ensayista. Áreas de énfasis: Lecturas y escrituras, Educación para la comprensión y Modelos educativos. Asesor y consultor en Enseñanza para la Comprensión y en Didácticas para el desarrollo del pensamiento crítico y la educación ética.
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2 Comentarios
Me gusta mucho su reflexión, no solo porque deja ver que en la naturaleza del hombre, a mi juicio, está latente su carácter violento; sino porque un conflicto que ha perdurado por más de 40 años,(sin contar los años de lo colonizado y colonizable que es nuestra idiosincrasia) no va arreglarse con un mero diálogo. De una u otra manera, se deben cambiar las prácticas sociales, culturales, económicas y hasta religiosas, para sacar un proceso de paz más vivible en el día a día. Un abrazo.
Me gusta mucho su reflexión, no solo porque deja ver que en la naturaleza del hombre, a mi juicio, está latente su carácter violento; sino porque un conflicto que ha perdurado por más de 40 años,(sin contar los años de lo colonizado y colonizable que es nuestra idiosincrasia) no va arreglarse con un mero diálogo. De una u otra manera, se deben cambiar las prácticas sociales, culturales, económicas y hasta religiosas, para sacar un proceso de paz más vivible en el día a día. Un abrazo.
Ari, comparto plenamente tu reflexión y me alegra que el blog te aporte ideas. Un abrazo.