¿Posconflicto en Colombia?

-El concepto de Posconflicto-

Rodolfo Alberto López Díaz.

So pena de ser tildado como “enemigo de la paz” o ave de mal agüero, deseo presentar en varias miradas una reflexión –producto del sentido común y la razón pausada- sobre los “Diálogos de paz” que se vienen realizando entre el gobierno del Presidente Santos y las FARC-EP en la Habana.

Esta primera mirada se centra en el imaginario social  que recae en el concepto  Posconflicto.

La denominación Posconflicto  ha sido considerada erróneamente en  nuestro país como la acción  esencial, genérica y salvífica  para llegar a la paz,  pero nada más ajeno a  ello porque  el conflicto es connatural a todo ser humano y sociedad; no existen sociedades antes o después de conflictos  sino sociedades con diferentes tipos de conflictos. Dice Paulo Freire: “No hay vida ni existencia humana sin pelea ni conflicto. El conflicto hace nacer nuestra conciencia. Negarlo es desconocer los mínimos pormenores de la experiencia vital y social. Huir de él es ayudar a la preservación del statu quo[1]. No se pueden eliminar los conflictos sino minimizar sus efectos devastadores que en Colombia han llegado al extremo de la aniquilación moral, física y social del enemigo. Habría que hablar, en buenos términos,  de los “Diálogos de paz en la Habana entre el Gobierno y las FARC-EP como una primera etapa para transitar hacia una sociedad sin conflictos violentos”.

A la par de lo anterior, cabe anotar que  esos Diálogos de paz en la Habana entre el Gobierno y las FARC-EP, si llegan afectivamente a pactarse, implicarán todo un nuevo orden social, económico y político que garantice, por parte de las FARC-EP,  el reconocimiento de los daños causados y los crímenes de lesa humanidad, la reparación a las  víctimas, la entrega efectiva de armas y  la cesación del narcotráfico, el secuestro y del reclutamiento de menores y, por parte del gobierno –aún no se podría hablar del conjunto del Estado- , la comunicación de los términos del acuerdo a la sociedad civil –gran ausente en todo ese proceso-, la verificación de los acuerdos, la planeación justa y equilibrada de recursos -sin detrimento de las condiciones de vida para los ciudadanos- y políticas a largo plazo para no retroceder en lo pactado.

Un tercer elemento. El Estado –ahora sí más que el gobierno de turno- debería iniciar un proceso de diálogos de paz con otros grupos irregulares y diferentes sectores generadores de violencia extrema pero ello implicaría una transformación de las actuales condiciones socio-económicas que los grupos históricamente detentores del poder y de los privilegios –especialmente ciertas personas, familias, clase política, grupos bancarios y empresariales y la misma guerrilla- han mantenido y que muy difícilmente estarían dispuestos a ceder. De hecho, las causas arrasadoras del conflicto armado en Colombia tiene sus orígenes en una sociedad que sigue siendo colonial, colonizada y con monarquías criollas empotradas en alimentar  la exclusión y mientras esta condición cultural  no se transforme todos los diálogos vendrán a ser flor de un día, porque nuevos excluidos generarán nuevos conflictos violentos.

Dicho en plata blanca: los conflictos no se eliminan sino que se transforman –ideal: de más a menos devastadores-, y  dialogar con las FARC-EP es necesario, pero ello será un camino largo que si llega a feliz término no implicará por sí mismo que nos volvamos una sociedad pacífica. Las causas fundamentales de la cruda violencia que padecemos está en nuestras entrañas históricas y exceden con creces dichos diálogos.

[1] Cfr. Cartas a quien pretende enseñar, 2010, México: Siglo veintiuno editores.

2 Comentarios

  1. Me gusta mucho su reflexión, no solo porque deja ver que en la naturaleza del hombre, a mi juicio, está latente su carácter violento; sino porque un conflicto que ha perdurado por más de 40 años,(sin contar los años de lo colonizado y colonizable que es nuestra idiosincrasia) no va arreglarse con un mero diálogo. De una u otra manera, se deben cambiar las prácticas sociales, culturales, económicas y hasta religiosas, para sacar un proceso de paz más vivible en el día a día. Un abrazo.

Deja un comentario