…ENSEÑAR EL CUIDADO DE SÍ Y DEL OTRO

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El cambista y su  mujer. Quentin Massys. 1514.

Rodolfo Alberto López Díaz.

El mundo de hoy nos prodiga, sin mayores obstáculos, banquetes de modas y mandatos de consumismo inmediato. Las nuevas generaciones, muy especialmente, son presas de estos nuevos códigos y valores sociales, constituyéndose en  fáciles trofeos  de los caprichos, las demandas y las ansias siempre insatisfechas de los animadores de este voraz mercado.

A la par de lo anterior, el sentido superlativo de la competitividad profesional  nos ha llevado a poner todas nuestras fuerzas en función del  “éxito social” –dominio y disfrute inmediato de bienes materiales, poder y reconocimiento-; sin éste, pareciera que la vida no tiene sentido. El sistema educativo, desafortunadamente, ha sido en buena parte cómplice de estas nuevas demandas, pasivo jumento que ha llevado a la cúspide ese particular orden mundial. Así, los niños y jóvenes no sólo no se contentan con tener más y más sino  que nada parece satisfacerlos; la egolatría y el afán por estar encima de los demás, parecen ser las condiciones indispensables para “ser alguien”.

Sin embargo, esta sociedad, tan de marcado  acento   adolescente,  requiere  de una pausa, de cierta adultez, de una dosis  renovada de reflexión, de dignificación de lo humano por lo humano mismo y de solidaridad que también le corresponde al educador brindar. Efectivamente, no sólo de instruir vive el educador. No tenemos otra alternativa que proporcionar desde el aula de ciertos espacios, cada vez más continuos y organizados, de meditación,  discernimiento,  autodisciplina y  tolerancia activa, algo así como un cuidado de sí y del otro.

El caudal de información y el activismo frenético que viven hasta  las instituciones educativas, impelen al educador  a detener la carrera desenfrenada y  llevar al otro a sopesar qué  hace y para qué lo hace. Hoy en día es necesario y urgente poner un signo de interrogación al galope existencial que nos habita y refrenar y redirigir lo que se ha tornado en hábito y costumbre. Se quiera o no, la  acción educadora no se limita exclusiva ni primordialmente a proveer datos, información, tecnologías de punta o competencias laborales sino que muy al contrario, gravita, o debería gravitar, en cosechar el cuidado de sí y del otro. Por lo mismo, darse a la tarea de modelar y llevar al aula ciertas virtudes -como la fortaleza, la compasión, la justicia,  la prudencia, la humildad o la gratitud-, abonar la esperanza, enseñar la disciplina para trazarse y cumplir metas, guiar en la gestación  de los sueños propios y colectivos, aprender a diferenciar lo importante de lo urgente y concebirse a sí mismo y al otro como una obra de arte en creación permanente. Aun desde las disciplinas, desde el conocimiento especializado, se forma el humus de la arcilla humana. Ser educador hoy es no ser neutral ante el consumismo ni indiferente ante la depredación humana a la que asistimos como uno más de los espectáculos mediáticos que merodean. Sólo con una vivencia cotidiana del cuidado podremos arrinconar a la apatía y sobreponer la esperanza y la solidaridad a la mueca  incolora del  vacío existencial que ronda.

 

Rodolfo A. López D.

 

2 Comentarios

  1. El otro debe ser nuestro espejo en el cual nos observemos, a fin de pulir aquellos aspectos que quisiéramos fueran mejores; entonces, si preservamos nuestro reflejo nuestra apariencia transmitirá buenas impresiones.

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