¿Acaso existe algo más pretencioso que autoproclamarse enseñante? ¿Quién efectivamente puede afirmar que ha enseñado a otro? ¿Y qué le ha enseñado? En el mejor de los casos, damos razón de forma individual de algo que creemos que hemos aprendido aunque ello solo lo sabremos con certeza cuando la vida nos rete.
Por tanto, es más honesto y cierto decir que testimoniamos. La docencia es una condición testimonial. Con ella podemos decir que hemos participado de una experiencia de ruptura que nos ha permitido ver algo distinto, y esto es precisamente el aprendizaje: una fractura que abre la comprensión; una práctica personal diferenciadora que nos devela algo desconocido que podemos explicar en relaciones, conceptos y categorías pero más firmemente en narraciones que hablan de cambios, de contrastes de concepciones; el aprendizaje es un antes y un después. El aprendizaje es un parto doloroso. Quien aprende ya es otro. De hecho, es en la conciencia que se despliega sobre ella misma y en la escritura en donde validamos los aprendizajes obtenidos; estos se concretan en actos de vida particulares. Quien aprende es testigo de algo nuevo, accede a otras miradas y caminos y los puede interiorizar, a diferencia de quien memoriza o repite, para lo cual no hay transformación sino continuidad sin alteraciones de fondo.
Así, quien enseña en verdad profesa un testimonio. El docente ha asistido a algo nuevo y lo re-presenta a otros: “yo he vivido esto”, “yo he pasado por esto”, “antes pensaba que y luego de mucho reflexionar y equivocarme ahora…”,” yo hoy comprendo esto”, “… puedo decirles que…”. Desde su lugar de aprendizaje, configurado en conciencia y en laboriosa labranza (por ello lo que se sabe es poco), el docente, ahora maestro, comparte una condición a la que ha asistido y que lo ha transfigurado e invita a otros a escuchar y caminar, si lo desean, por sendas semejantes, pero su narración nunca podrá sentenciar si el otro efectivamente aprendió o qué aprendió; la vida lo hará por él. Mejor, pues, ser muy cauto con el concepto de enseñanza. Dadas estas consideraciones, preferible estar al corriente -con claridad y beneficio de inventario- sobre qué se sabe y cómo se puede legar a otros esa vivencia significativa, sin mayores pretensiones. Ser maestro es pintar el propio paisaje y compartirlo con otros; es un camino que se transita por el desierto y que al final se muestra con generoso amor pero prudente tacto pues cada uno hace su propia travesía.