La crisis de nuestra universidad pública

Toda crisis(del griego krinein: decidir, distinguir, escoger; raíz de crítica y criterio) es un estado de alerta, un llamado a reaccionar ante una situación inadecuada, anómala o perjudicial. Las crisis, en tal dimensión, son llamados de conciencia para buscar alternativas, para establecer rutas y reordenar hábitos; para sopesar el por qué se ha llegado a algo y a actuar con criterio buscando soluciones.

La humanidad vive de crisis en crisis y para aquellos problemas sociales de hondo calado, las crisis son de orden sistémico y exigen, por lo mismo, respuestas sistémicas.

En atención a los párrafos anteriores, es inevitable analizar con cierto detenimiento por qué la Universidad pública colombiana ha llegado al estado de postración en el que se encuentra y a qué opciones podemos apelar para remediar tal situación.

Respecto a las causas, varias desde  nuestra perspectiva:

  • Educación pública históricamente rezagada.  Desde la fundación misma de nuestra sociedad en occidente, las comunidades religiosas se hicieron cargo de educar a las elites criollas. La educación  colombiana ha sido básicamente de carácter confesional, privado y excluyente. Recordemos que solo hasta 1835 (bajo la presidencia de Francisco de Paula Santander,  siendo Ministro de educación José Ignacio de Márquez) inicia la educación pública y que desde entonces y hasta hoy ha estado presa de los oportunismos políticos del momento. Un país, en fin, para el cual el principal motor de exclusión es la educación; un país tan premoderno, que aún hablamos de educación privadaeducación pública, imaginarios bajo los cuales conviven las ideas de que la primera es la mejor y la segunda la deficiente.
  • Debilitamiento progresivo del Estado-nación. Si bien aún tiene lugar físico, constitución política y tradición histórico-cultural, el Estado-nación paulatinamente cede su soberanía ante una nueva forma socio-económico-política: el Imperio, compuesto por una red de organismos nacionales y supranacionales enlazados desde una lógica economicista-consumista sin fronteras ni rostros que determinan las políticas sociales y educativas para una sociedad cada vez más globalizada y unificada. El enfoque pedagógico por competencias, su semblante en las instituciones educativas, explicita su finalidad y meta: formar para trabajar,  competir, consumir y endeudarse. Este Imperio deja y cada vez más dejará de lado la educación pública –derecho adquirido por  los Estado-nación- por resultarle onerosa, poco efectiva para sus fines y crítica frente a sus demandas. En Colombia, un Estado-nación tan precario y torpe, el Imperio hace más fácilmente de las suyas cercenando conquistas sociales como la salud, la inclusión, la democracia, las pensiones y la educación pública.
  • Clase política corrupta. Aunque es un fenómeno mundial, en Colombia es pasmosamente histórico, desvergonzado y sintomático de las crisis en las que vivimos. Una clase política cual monarquía criolla que gobierna a sus anchas en función de mantener y engordar sus privilegios. Familias, apellidos y grupos que viven –y matan- por el poder y sus usufructos; aliados con el benefactor de turno –clero, militares, narcotraficantes, transnacionales…-, todo por mantener sus prerrogativas. Una clase política –conservadores, liberales, de izquierda, de derecha- absolutamente embelesada en sus atavíos y mayoritariamente de espaldas a las políticas sociales, a las reformas estructurales justas, a las necesidades de la ciudadanía.
  • Indiferencia ciudadana. Posiblemente esta sea la causa más alarmante de nuestro estado de postración social. Aquí impera el primero yo, segundo yo, tercero yo. Siempre y cuando no me toquen, nada me importa: inconciencia democrática, falta de perspectiva histórica,  anesteciamiento nacional. Sólo se reacciona cuando ya es inminente que mi zona de confort será fracturada. La idea de  bien comúno   pueblo, nos resultan  confusas, peyorativas y alejadas. Los colombianos somos más región, pueblo o  familia que país o nación. El “fervor patrio” apenas asoma cuando juega la Selección nacional de fútbol. 
  • Incapacidad para el diálogo. Definitivamente somos una tribu dividida en pequeñas tribus;  quienes no están con nosotros, esos que no comparten nuestras ideas y valores, están contra nosotros, son los enemigos a vencer, simbólica o físicamente. Por lo mismo, sentarnos y reconocernos como unidad en diversidad es tan espinoso. Lo que puede iniciar como diálogo termina en trifulca y bataola; baste ver a los “padres de la patria”, a sus sesudos y respetuosos debates, para entender lo que se dice acá. Escuchar, peguntar lo que no se comprende, expresar argumentos y buscar alternativas de común acuerdo son más deseos que prácticas sociales rutinarias en estas geografías.
  • Empresarización de la educación. Una educación que atiende a la formación histórica, democrática, crítica y política de las nuevas generaciones cae en desuso. Ahora la educación es ante todo un asunto de ganancia,  de solvencia económica. El término “sostenibilidad” lo resume con precisión. Aquello que no genera dividendos en dinero a corto y mediano plazo no es sostenible, no tiene razón de ser dentro de las actuales lógicas comerciales. No resulta gratuito, pues, que el afán por la investigación, los títulos de doctorado, las alianzas estratégicas, las patentes y las publicaciones internacionales sean  en buena parte una cuota del arrendamiento para mantenerse en el mercado. En este orden de ideas, no es extraño pensar que a la Educación pública que actúa sin los presupuestos  necesarios se le pasen cuentas de cobro por su falta de “calidad”. La inutilidad de lo humanístico avanza a pasos desbordados sobre la educación.
  •  Debilitamiento de las humanidades. Ya puntualmente, en las instituciones educativas priman planes de estudio de corte más práctico, mecánico, utilitario; carreras técnicas, tecnológicas y profesionales con enfoque economicista, comercial y mediático. Poco y cada vez menos el estudio de la historia, la reflexión ética y la  aplicación del pensamiento crítico. Planes de estudio enfocados hacia un saber hacerque en un saber pensarsaber convivir. En confirmación de esto, la filosofía, la literatura, las artes o la educación tienen día a día menos adeptos; parecen ser “cuartos de San Alejo”, museos del pasado, por lo mismo, cuando se dictan en  los colegios y universidades –más en estas últimas- son asignaturas de complemento, opcionales, “costuras” para completar créditos.
  • Docentes preocupados por el programa y no ocupados en pensar y hacer pensar.  Consecuencia de lo anterior, muchos docentes están bajo la férula del cumplimiento del programa para lograr una evaluación aprobatoria de sus e estudiantes y directivos, con lo cual logran estirar un semestre o año más de trabajo. La opción  de tomar una temática de su disciplina con ángulos históricos, éticos, políticos y críticos no es lo más recomendado; prima el cumplimiento de los temas trazados y ojala con la anuencia de los estudiantes-clientes.
  • Estudiantes mas interesados en pasar la materia que en pensar con criterio. Al menos en las universidades, tiende a ser mayoritario el hábito de pasar como sea la materia que analizar, cuestionar, investigar y debatir. Unos pocos lo hacen y terminan siendo, dolorosamente, la excepción y no la norma. Pareciera hacer carrera que estudiar en la universidad es “pasarla bien” y “aprobar ´rápido” para graduarse, trabajar, endeudarse… (el círculo que nos ha montado la economía de Imperio). Como que la constancia, la disciplina, el esfuerzo, la exigencia, la lectura en buena dosis y la escritura crítica son poco cotizados entre muchos estudiantes.
  • Protestas sociales legítimas mediatizadas. Protestar es un derecho legítimo. Legítimas son las protestas de los estudiantes colombianos por la defensa de la Universidad pública. Ellos nos están dando una lección de dignidad, de defensa de la democracia, de tenacidad por el bien común y de salvaguarda del presente y el futuro, sin embargo unos cuantos –ingenuos o  violentos-han caído en el vandalismo y ello ha sido inteligentemente administrado por los centros de poder y algunos medios de comunicación para satanizar lo que a todas luces es justo y necesario. Entonces se pasa de la reflexión sobre el problema de la educación pública a las narrativas anecdóticas de  una situación particular, desvirtuando y sacando de cauce el problema sustantivo. 
  • Presupuesto público exiguo. Un Estado que no tiene como prioridad la salud, el trabajo digno, la igualdad de oportunidades y la educación pública alimenta su propia destrucción. Una Universidad pública sin  planes y presupuestos adecuados y pensados a largo plazo se torna en una bomba de tiempo que terminará por mutilar la inclusión, la democracia y el desarrollo mismo. Al Estado le corresponde, más que a los particulares, sostener con firmeza un sistema educativo adecuado y esto no se logra con adiciones presupuestales o acudiendo a las “buenas conciencias”; la educación pública es un asunto estructural de un país, no  una colcha de retazos o una estrategia electorera.

Por lo anterior, esta crisis sistémica de nuestra Universidad pública no se resuelve con pañitos de agua tibia, tímidas adiciones presupuestales para apagar incendios  o medidas policiales para impedir las justas manifestaciones estudiantiles. La solución ante todo estriba en la capacidad vigilante y propositiva de la ciudadanía;  en nuestra permanente exigencia, con respeto pero firmeza, por la elaboración y  cumplimiento de planes y presupuestos serios. Una vez se tenga a la educación como primer punto de la agenda pública, podremos vislumbrar un mejor país. Hasta tanto, sirvan las actuales marchas estudiantiles para sacarnos del insomnio y la indiferencia que nos caracterizan.

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