Manos dibujando. M.C. Escher, 1948.
Si escribir es dispendioso, enseñar a escribir lo es más. A contra viento, en oposición a la creencia generalizada de que escribir se “aprende” en la educación inicial o básica y que el docente de lenguaje es quien debe hacerlo, la experiencia, investigaciones, estudios y trabajo con la escritura, me dicen todo lo contrario: enseñar a escribir es un proceso continuo y demandante que comporta ciertas condiciones particulares. Veamos algunas.
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Enseñar a escribir comporta capacidades específicas
Dado que escribir es un proceso complejo que conjuga elementos de orden cognitivo, epistémico, estratégico, comunicativo, estético e idiomático, distinto a los de la oralidad y que se aprende socialmente de manera permanente, secuencial e intencionada, demanda de quien lo enseña ciertos elementos de esos mismos órdenes pero en perspectiva de lo que cada persona, de modo propio, requiere.
Particularmente en la enseñanza de la escritura se hace indispensable que el docente conozca y enseñe habilidades de pensamiento de orden superior (concentración, análisis, síntesis, inferencia, jerarquización y autoexamen, al menos), estrategias de motivación y de persistencia (hábitos y métodos eficaces en función de forjar disciplina y autonomía), conocimientos idiomáticos (sintaxis, retórica y pragmática, por citar los mínimos) y una fina sensibilidad por la literatura, en tanto esta condensa lo mejor de la escritura y de sus secretos.
Capacidades, en fin, que relacionan teoría y práctica, conocimientos declarativos y procedimentales (qué indispensables estos en la escritura) y ante todo gran experticia didáctica para que escribir no sea una pesadilla o una angustiosa lista de tareas sino un reto estimulante y eficaz. Así las cosas, enseñar a escribir se constituye en un oficio particular, altamente demandante, especializado y que exige tiempo y condiciones adecuadas para llevarlo a cabo, por ello no todo docente ni todo docente de lengua está de por sí preparado para enseñar a escribir. A la manera de los antiguos escribas o escribientes, el docente que enseña a escribir, aunque pueda parecer despectivo, se constituye en una minoría, en una cierta élite que nos recuerda que la escritura, como práctica y enseñanza, es más una actividad individual que masiva, más un quehacer concreto y puntual –como el uso de las tablillas y los punzones- que un decálogo de buenas intenciones. Enseñar a escribir conlleva la adecuada preparación y gestión para hacerlo. En razón a ello, las políticas educativas y los planes de capacitación docente del Estado y de las instituciones educativas deberían trazar programas más estrechamente vinculados favoreciendo los procesos de composición de manera tal que la enseñanza de la escritura no sea un ir y venir sino una cadena con eslabones más relacionados.
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Enseñar a escribir demanda atención diferenciada
A la par de lo anterior o, si se quiere, precisamente por lo anterior, la enseñanza de la escritura no se da de manera generalizada o masiva. Explicar por medio de la cátedra o dejar tareas al grupo en algo ayuda pero en esencia la naturaleza de la escritura nos impele a diferenciar: escribir no se hace a cuatro manos, escribir es un acto individual e individualizante que acota estrategias particulares como el taller, la tutoría y los proyectos de escritura.
El talleres una didáctica de las más eficaces en cuanto que promueve la escritura in situ. Se enseña a escribir escribiendo y se aprende a escribir escribiendo, en pequeños grupos, con temas-problema, atendiendo a los intereses y condiciones de cada tallerista y generando un clima de producción atenta y de escucha crítica y respetuosa. El taller en la enseñanza de la escritura nos permite modelar la escritura de párrafos, la puntuación, los conectores y las relaciones macro y microtextuales sin dejar de lado que el mismo docente escribe, produce, a la par de guiar a los otros. Es más: a la vieja usanza medieval, en el taller el maestro enseña haciendo y el aprendiz aprende haciendo. Productos del taller serán, por tanto, estrategias de escritura apropiadas por cada quien y textos revisados y editados. El taller alimenta la circulación y socialización de textos así como la diversidad de lecturas sobre cada texto favoreciendo la reflexión permanente tanto de los procesos como de los productos. Gracias al taller, en resumidas cuentas, podemos transitar de los métodos de enseñanza centrados en la exposición catedrática descontextualizada a círculos de diálogo y creación continuos y vigilantes de la escritura.
A la par del taller, la tutoría. Esta complementa de buena manera el ambiente grupal del taller pues permite al docente que enseña a escribir dialogar, revisar mano a mano y editar cuartilla a cuartilla cada texto con cada aprendiz. Así se puede comprender cómo un párrafo es más adecuado que otro, por qué aquí va mejor una coma que un punto y coma o cómo esta tipología textual no corresponde a las convenciones o su intención comunicativa es difusa. En cuanto tutor, el docente que enseña a escribir prodiga un acompañamiento fraterno, analítico, crítico y propositivo a cada escrito. Por supuesto, esto comporta paciencia en dosis generosas, cambio de perspectiva continua –cada texto de cada persona es un mundo distinto- y una aguda capacidad para hacer retroalimentaciones precisas, concretas, sin descuidar la capacidad para asignar ejercicios según las necesidades de cada quien. Cual editor, el perfil del docente aquí cobra nueva piel, otro matiz: es un lector atento (gran déficit este en la enseñanza tradicional de la escritura) que acompaña el proceso acotando desde los detalles, leyendo las partes y su relación con el todo e indicando acciones precisas para mejorar el texto.
Los proyectos de escritura, por su parte, pueden servir de “cierre” a las dos anteriores estrategias. Estos se conciben acá como el ejercicio significativo, procesual y a mediano plazo en el cual cada estudiante selecciona una escritura de su interés y va desplegando una táctica regular de planeación, redacción, revisión, edición y socialización. Proyectos de escritura, por ejemplo, centrados en tipologías textuales (cuento breve, crónicas, diarios o autobiografías, etc.), en secretos para escribir (cómo narrar, crear un personaje o ambiente o en cómo desplegar una tesis, entre otros) o en textos-contextos (entrevistas a personajes de farándula o en acopio de voces que han protagonizado cierto hecho). El punto es que los proyectos de escritura retoman la voz de cada escribiente, sus intereses concretos y los llevan a una relación más íntima, permanente y cuidadosa con la escritura pues no se trata de escribir lo que se venga a la mente sino de ocuparse con esmero de producir una determinada obra. Sea esta estrategia una oportunidad de oro para que se vincule a cada quien con las voces y textos de grandes escritores, con lo más granado de la literatura y un momento pertinente para que la concepción de la escritura se viva desde la retórica con la invención, la disposición y la elocución. Con esto, la escritura será un aprendizaje valioso y útil para la vida y no solo una tarea para sobrevivir en la escuela.
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Enseñar a escribir implica enseñar a pensar
Considero que muy en particular, escribir es pensar de manera pausada y secuencial, con un cierto orden distinto al de la inmediatez oral y al de los impulsos por tachonar páginas. Escribir es una manera rigurosa de precisar, jerarquizar, relacionar y desarrollar ideas: ¿qué quiero decir? ¿Qué ideas desarrollaré y qué diré de cada una? ¿En qué orden diré lo que diré y a quién lo diré? ¿Cómo iniciaré, desarrollaré y concluiré mi texto? La planeación, elaboración y reformulación de un texto, su adecuación a un género y un auditorio, la identificación de problemas y las alternativas de solución, el acopio de ideas y conceptos pertinentes y la lectura valorativa de lo escrito son no solo prácticas de escritura sostenida sino en esencia el movimiento propio del pensamiento.
Definitivamente la escritura es una tecnología que descubre y reacondiciona el pensamiento: lo que pienso lo revela mi escritura. Y esto, que de por sí en difícil para quien escribe, lo es mucho más para quien enseña a escribir. Si el énfasis puesto en el aprendizaje y no en la enseñanza es la gran revolución, nueva y apenas en ciernes, de la pedagogía actual, lo es más “enseñar” a otro a pensar con mayor nitidez. Digámoslo de otra manera: estamos apenas comenzando a entender cómo se aprende y la escritura puede constituirse en un bodega generosa para hacerlo… ¿pero estamos preparados los docentes para adentrarnos en esos terrenos del pensamiento, del cerebro? ¿Qué podemos tomar de la neuroeducación, de la neurodidáctica y de la escritura creativa para dirigir esa nave con algunos instrumentos de navegación más confiables? Digamos, al menos, que las heurísticas –estrategias metodológicas para resolver problemas que guían el descubrimiento y la planeación- y en ellas los mapas mentales son un buen inicio: por tanto y al menos recalcar e insistir en la planeación o preescritura será de gran ayuda. Preescribir es trabajar con las ideas, hacer acopio de proposiciones y conceptos propios y ajenos y sopesarlos, ponerlos a consideración, seleccionar los más adecuados al tema o la tesis, esclarecer en qué orden irán y que se dirá de cada una. Luego, cómo será la introducción, el desarrollo y el cierre. Un mapa mental es una ruta de trabajo que de ejecutarlo a conciencia y profundidad dará buenos frutos en la escritura y la edición.
No creo equivocarme que en esto de activar el pensamiento, y el pensamiento crítico que es tan propio de la escritura, el docente que enseña a escribir deba aprovisionarse de preguntas que lanzadas en dosis oportunas permitan al aprendiz revisar y releer con mayor agudeza sus textos por mano propia, en lugar de acatar las respuestas y recetas que le brinda el experto. La escritura, como la vida, es una página en blanco que se va haciendo por mano propia y si en algo podemos realmente apoyar los padres y educadores es proponiendo horizontes más que señalando atajos.
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Enseñar a escribir se hace de mejor manera cuando se tiene oficio con la escritura
La escritura es una forma de vida íntima. Quien escribe encuentra unas ciertas habitaciones veladas y cajones ocultos para decirse. Quien enseña a escribir, devela secretos, teje relaciones entre lo privado y lo público, hace las veces de mensajero de oráculos. En consonancia, se podrá enseñar a escribir con mayor criterio si se escribe, pues se ha estado en las aguas profundas de las palabras, entre las fronteras indómitas de los ritmos y las ideas.
Al decir de Ana María Finocchio (Conquistar la escritura, Buenos Aires, Paidós, 2009), se tratará de conquistar la escritura; de enunciar las propias narrativas y desde ellas esclarecer claves didácticas para legar la producción textual a otros. La escritura de los maestros puede constituirse en el mejor modelaje para que el Plan de estudios o los temas de la clase no solo sean un frío decálogo imparcial y obligatorio sino toda una tradición y un oficio analizados e interrogados. Definitivamente, no es lo mismo, a guisa de ejemplo, enseñar la coherencia o la ilación desde un libro de texto que desde un párrafo del maestro mismo; así se podrá enseñar con el ejemplo y más en función de guiar desde las propios logros y errores que asignar tareas y “chulear” escritos.
Enseñar la escritura desde lo que se escribe, por demás, provee de cierta autoridad (auctoritas) y sapiencia venida de la experiencia. Por efecto, ese estudiante que lee nuestros textos se permite comprender que él también lo puede hacer; que este oficio no es para genios o inspirados, que su maestro “ha hecho juiciosamente la tarea” y que ahora le corresponde a él.
De manera análoga, testimoniar la enseñanza de la escritura con escrituras propias suscita una relación nueva con la tradición y el propio quehacer dado que quien escribe, de cierta forma, piensa lo legado y piensa su ser. No olvidemos que las profesiones tienen a su haber un principio constitutivo: actualizar la propia práctica y la escritura es una de las mejores y más nutrientes cualidades para cumplirlo. Con frecuencia me pregunto: ¿qué nuevos escenarios llevaríamos a las aulas y que renovadas propuestas le haríamos al país si los docentes escribiéramos y publicáramos más?
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Se enseña a escribir enseñando a leer como escritor
Ciertamente una cosa es leer un texto ajeno y otra muy diferente leer un texto propio. Por lo general, no se nos ha enseñado a leer los propios textos o haciéndolo, no se nos ha enseñado a leerlos como autores sino no como lectores. Este traspié de perspectiva en la didáctica, nos ha empobrecido la capacidad de autoexamen de nuestros propios actos y obras, mientras que leer desde la perspectiva del escritor cambia la mirada: aguza la búsqueda de errores, rastrea cacofonías, va en pos de inconsistencias,repeticiones o vacíos y habitúa (la escritura es un hábito) a releer la parte en relación con el todo. Leer como autor es entender que el texto se debe decir bien independientemente de mí; que esa criatura que brotó de “mis entrañas”, no lo es más y que debe madurar evaluándola con exigencia.
Así, cuando se lee como escritor siempre se sospecha, nada se da por obtenido. Leer como escritor es desarrollar la habilidad metacognitiva: qué dije, cómo lo dije y cómo lo puedo decir mejor, de allí que se lleguen a volver rutinarios en este procedimiento tanto el flujo escritural como la caza de inconsistencias en lo escrito. Y esto puede hacerse viable en el aula escribiendo un párrafo a la semana pero leerlo, releerlo y volverlo a leer.
Bien valdría la pena conocer cómo escriben y tachan los escritores de oficio o cómo corrigen los editores de profesión. Esas claves pueden darle al aprendiz de la escritura mayores luces en su recorrido.
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Enseñar a escribir es enseñar la persistencia