No habrá ser humano completo, es decir, que se conozca y se dé a conocer, sin un grado avanzado de posesión de su lengua.
Pedro Salinas.
Más allá de los linderos geográficos o políticos, la patria viva se encuentra en el idioma, pues él es la raíz que nos lega una tradición; el hogar que nos recibe, acoge y proyecta. Lo que un hombre y una comunidad son halla su entramado sustancial en las palabras que viven, en los sentidos con los que se expresan y con los que asumen su condición vital. Todo proceso de conocimiento, reconocimiento, comunicación, argumentación, convivencia o creación configura en el idioma su herramienta de labrado y terruño más fértil para consolidarse. Por estas razones y otras más aquí no manifiestas, la defensa del idioma viene a ser una necesidad y un proyecto personal y social siempre vigente. Por lo mismo, sacar a la luz estos principios permite, cuando menos, hacernos más humanos, paradójicamente más universales y siempre algo más cuidadosos del capital cultural.
Pero las anteriores premisas no permiten concluir que el uso atento, que el buen uso del español, sea un hecho dado. Muy al contrario y por coyunturas que van desde los procesos de globalización (mal entendidos) hasta la ignorancia, la pereza y las intricadas políticas educativas, observo que nuestro idioma sufre una crisis en cuanto a su valor y usanza, especialmente en los procesos educativos, lo cual es más grave aún. Pienso ahora en cómo se enseña en las instituciones educativas -incluidas la universidad- la oralidad, la lectura oral, la lectura silenciosa, comprensiva y crítica, la argumentación y la escritura. Pienso en qué leen y escriben los docentes, en como hablan. Pienso en cuántas horas efectivas de trabajo en el aula los educadores se consagran con esmero y detalle a enseñar a pensar, a organizar y expresar adecuadamente las ideas, a hacer significativas las obras literarias. Sin ir muy lejos, vienen a mi mente los estudiantes de una licenciatura o de estudios posgraduales: sus formas tan cortas de organización y expresión de ideas y su minúsculo capital idiomático y literario. Claro, comprendo: todo esto es síntoma de una forma de enseñanza y de unos valores sociales que han ido llevando al traste a las humanidades y con ellas a nuestro idioma. Pero se trata, precisamente, de no desistir, de empeñarse en leer, escribir y hablar cada vez mejor y enseñarlo con perseverancia. Es una empresa en primeria instancia personal el cultivo de sí mismo, y luego sí, un propósito colectivo.
Por lo anterior, justamente, es que en los docentes está la clave pues quien educa lo hace en un lenguaje, en una lógica, en un sistema de significaciones llamado, para nuestro caso, idioma español. Sea matemáticas, ingeniería, ética o educación física, el hecho es el mismo: enseñamos valores, procedimientos, disciplinas o hábitos con el español que pensamos y hablamos y si quien enseña es limitado en su idioma se empobrecerá su acción pedagógica.
¿Y qué decir de los profesores que enseñamos el idioma? Con mayor razón tenemos un imperativo ético: hablar, leer y escribir con adecuación. Nuestro oficio recae en enseñar a pensar mejor a los estudiantes, a que se digan con esmero, a que comuniquen con claridad y solidez y a que convivan con tolerancia. Y para lograrlo, preciso es apelar a rituales continuos de escucha atenta y compresiva, de lectura silenciosa, oral y grupal y de escritura planeada y procesual. Rituales que vienen a ser condiciones de posibilidad reales para que nos quejemos menos y enseñemos y exijamos más.
A lo anterior sumemos a los profesores que formamos profesores: no los educamos exclusivamente para que sean especialistas en filología, lingüística o en técnicas de enseñanza o de evaluación per se sino en profesionales que hacen buen uso del idioma y saben enseñarlo a las nuevas generaciones. Sin esta claridad, fácilmente perderemos el sentido de la trayectoria formativa en las licenciaturas y en las maestrías en educación. Puede que los estudiantes de estos programas hoy tengan mucha información (¿toda necesaria?) pero deben saber ante todo qué forjar con ella y aprender a legarla a otros desde su idioma.
Titánica labor la que nos corresponde pero convencidos de la necesidad de moldear mejores personas y sociedades, entendemos que el idioma en el sistema privilegiado para hacerlo. Por lo mismo y al menos en la educación básica y media, compete sin dilaciones centrarse en enseñar a pensar, escuchar, argumentar, leer y escribir con idoneidad, y en los programas universitarios de licenciatura y de maestrías en educación, a la par de lo anterior, enseñar a otros a que enseñen bien con y desde nuestro idioma.
Docente universitario, investigador y ensayista. Áreas de énfasis: Lecturas y escrituras, Educación para la comprensión y Modelos educativos. Asesor y consultor en Enseñanza para la Comprensión y en Didácticas para el desarrollo del pensamiento crítico y la educación ética.
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1 comentario
Buen día profe Rodolfo. Me gustó mucho lo del imperativo ético de los docentes. Es tan necesario hablar bien como leer, escribir y hablar. Me preocupa que la globalización está enmarcada dentro de otros idiomas; y si el idioma español se extiende, es por fenómenos de migración obligatoria; lo cual, a mi modo de ver, resulta algo triste. Un abrazo.
Buen día profe Rodolfo. Me gustó mucho lo del imperativo ético de los docentes. Es tan necesario hablar bien como leer, escribir y hablar. Me preocupa que la globalización está enmarcada dentro de otros idiomas; y si el idioma español se extiende, es por fenómenos de migración obligatoria; lo cual, a mi modo de ver, resulta algo triste. Un abrazo.