Pintura de Christian Schole.
Ningún discurso es neutro ni ingenuo, y el de la literatura menos. Este, en concreto, se ocupa mediante la palabra estética y creativa, de trasegar entre la psiquis, el ethos, el mythos, el logos y la hybris, para configurarse en una ontología de la condición humana. Así, desnuda nuestra condición vital, luego, la engalana con un inteligente fingimiento: la ficción. Lo literario es creacion anfibia: bucea en la finitud que nos gobierna y la eleva hacia una tenue trascendencia. Teje y desteje los hilos de esas improntas de la brevedad y la contingencia en medio de los azares y las incertidumbres del día a día, husmeando las condiciones históricas que validan o condenan al sujeto. Por ello, cuando leemos gran literatura nos vemos allí retratados, en lo personal y lo colectivo. Gracias al lenguaje y la ficción, sobreviven las sociedades y sus instituciones. En concreto, la ficción (no solo la literaria) hace de pegamento social; da mayor consistencia y duración a las experiencias y creencias humanas. ¿Acaso, y valga solo un ejemplo, la democracia no es una ficción de la modernidad validada temporalmente por ciertas mayorías y reglas del juego?
Pero aclaremos la cuestión de la finitud. Por una parte es trayecto breve, incierto y provisional que nos sobrecoge en un lapso corto de tiempo llamado existencia. Por otra, es un trampolín de vitalidad que se levanta y nos proyecta frente a la inapelable condición de enfermedad y muerte (y esto sí que no es ficción sino naturaleza y biología puras). La finitud refleja la férrea voluntad humana en medio del azar y el asombro. Sin fatalismos, nos advierte de la incertidumbre y la provisionalidad propias de los asuntos humanos, pues somos un trayecto en despedida (tal vez por ello, entonces, los brazos largos y la mirada extendida). Gracias a nuestra finitud, paradójicamente, nos abrimos a una conciencia de la ficción y los imposibles, hasta reconocer que no lo podemos todo, que no logramos el control de casi nada, y que pocas cosas, muy pocas, están bajo nuestro gobierno (acaso los pensamientos de este momento)… Por lo mismo, la finitud y, con ella la literatura, no nos miente, no llama a engaños o burlas; muy al contrario, una y otra delatan con firmeza y hasta mordacidad que, definitivamente, no poseemos verdades absolutas ni sistemas infalibles ni universales. Que los paraísos anhelados ( y ojalá puedan ser ciertos) validan la necesaria esperanza, pero que mientras tanto, en este pequeño y esférico hogar llamado planeta Tierra, situado en algún rincón absorto de una galaxia anónima y arrinconada entre un universo desbordado y retador, luchamos con la fragilidad que nos recubre y con todas las fuerzas que tenemos por nuestros sueños, vanidades e intereses, como especie y como individuos. Somos animales absortos que crean universos de lenguaje y ficción. Respecto a lo demás, solo nos asiste la nostalgia o el anhelo.
La literatura, la gran literatura, retrata esas gestas y desvaríos del homo sapiens; dibuja y enmarca con un fino y esmerado pincel de palabras escritas la condición estructural de ser seres vitales con el tiempo contado. Por ello, narra nuestro heroísmo radical y su hermosa fragilidad (qué paradoja). La obra literaria devela ese rostro (todos los rostros y sus máscaras) que mira y se mira, aturdido frente al espejo, pidiendo respuestas claras y certeras donde solo hay preguntas y puntos suspensivos. La literatura, a contracorriente de las filosofías metafísicas, las teologías y las ideologías, crea un potente discurso que nos abre a las preguntas mayores, a los problemas sustantivos, a las tensiones más complejas sobre nuestro incierto devenir. Tal vez por ello la literatura sea un humanismo crítico, honesto, desgarrado si se quiere, que examina y devela fisuras a la par que teje puentes y posibilidades de sentido. La comedia, la tragedia, el poema, el cuento, la novela o el ensayo literario nos exhiben, descorren los velos y muestran nuestra breve, simple y épica condición. Ya en el buen lector (ese que se detiene, se entromete, comprende, pregunta y dialoga) estará reconocer esos desgarros y ansias que van entre líneas en las obras literarias y elegir qué hacer con ellos.
Tal vez por lo anterior, toda la literatura sea una inmensa y pródiga alegoría del viaje del héroe (como Otto Rank lo expone en El mito del nacimiento del héroe, Paidós, 1992). Toda literatura relata la travesía interior del ser humano, trazando un mapa simbólico de sus miedos y anhelos más profundos. Desde el héroe griego (Aquiles), hasta el contradictorio y complejo antihéroe moderno (el Quijote o Gregor Samsa), cada texto literario recrea a su manera y en su tiempo el arquetipo del hombre que se enfrenta a su destino: el de ese hombre de carne y hueso que somos todos y que entre cielo y tierra y dioses y vaticinios oscuros, paraísos y nadas, explora y procrea su propio destino y sus límites. Una exploración que no es mera evasión sino un espejo donde el lector se reconoce. Al confrontar esas sombras y oráculos, la obra observa e incita al lector a acechar, a espiar los abismos y los ideales en medio de las tempestades de la vida diaria. Así, la literatura trasciende lo anecdótico para revelar, sin engaños, la condición humana en su esencia más pura. Bien sabemos (aunque no queramos recalcarlo) que nos gobiernan las batallas de cada día y la incertidumbre. Somos travesía, trecho, trazado discontinuo; ángeles y demonios que vamos entre el nacimiento y la muerte, tejiendo y destejiendo, a la manera de Penélope, sentidos de vida. La literatura, así, bien sirve de testimonio, de carta de navegación, de guía de puerto para dejar constancia de nuestro fugaz calendario. Por la literatura, precisamente, es que la finitud nos desengaña. El rostro bifronte de lo literario nos empapa, a la vez, de cruda realidad y sofisticada ilusión, de mitos mágicos y dolorosos cuadros sociales. A punta de ficcionar, describe el miedo con sus grietas y sótanos; a pulso, palabra a palabra, anida y fortalece nuestros sueños y esperanzas. La obra literaria, sin tal pretensión, resulta ser la más sincera y maravillosa filosofía antimetafísica; más bien una sincera y muy real filosofía de la finitud (cfr. Joan-Carles Mélich, especialmente: Filosofía de la finitud, Herder, 2012, y La sabiduría de lo incierto. Lectura y condición humana, Tusquets, 2019).
La obra literaria hace las veces del niño del relato El rey desnudo, de Hans C. Andersen: mientras todos callan ante la ocurrencia del rey y su corte, solo a un niño se le ocurre decir lo que ve, y es que en efecto el rey va desnudo. Que no hay tales atavíos ni trajes sino carne expuesta. Y como este niño, la literatura nos enseña que no tiene que ser verdad lo que todos piensan que lo es y que no hay preguntas tontas. En suma: la gran literatura expolia y señala lo que pocos quieren ver. Y tal efecto de comprensión de lo real se obtiene por gracia del desengaño: segunda idea eje de este ensayo. Las grandes obras literarias (con o sin premeditación; incluso las del más puro canon romántico), denuncian los vicios de la política, la moral, la religión. Evidencian los sótanos más profundos de los ceremoniales sociales y de la intimidad que duerme en las alcobas, a la manera de Madame Bovary, y lo consiguen con la magia de las palabras. Las grandes obras, si las examinamos con paciencia de relojero, nos ponen en condición de pensar los engaños, los autoengaños. Ya dependerá de cada quien si vive o no esos fraudes.
Entonces, la gran literatura nos desengaña; no es para tontos. No traga entero; no promete cielos ni paraísos ni doctrinas absolutas ni salvíficas. Se afinca, más bien, en la observación detenida, la pregunta acuciosa, el análisis detallado, la vigilancia celosa. La capacidad crítica de ver eso otro es su gran bondad. En descorrer los velos, desvestir las costuras y atender a los grises de la vida con llama a tener más perspectiva. Con la obra literaria asumimos la ficción como un pacto de posibilidades para desalojar las zonas de comodidad, pues ella nos insiste en que, en realidad, nada sabemos con certeza de un más allá y que este más acá es nuestro sencillo hogar; que el trayecto que vivimos es corto y sin plan de vuelo. Que sin permiso nos suben a un tren y sin aviso nos desembarcan. Así, la literatura deja testimonio de este viaje, aunque dicho de la mejor manera. Nos previene de los engaños y nos desencanta con encantos sutiles, agraciados y novedosos, mediante personajes, tramas y figuras literarias. Sin negar la esperanza, nos notifica que somos esperanza desnuda, sueño frágil; capítulo final incierto. Por lo mismo, leer los grandes clásicos es toda una escuela de vida.
Insistamos: la literatura es una ontología estética del desengaño y la finitud. Mientras muchos callan, el creador de la obra, como el niño del cuento del rey, pregunta y observa lo que no se quiere aceptar. Su impertinencia (disfrazada de genio, locura o arrebato) es sincera, descarnada, simple; su mirada inquisitiva fractura el silencio cómplice y delata los entramados ocultos tras la fachada de la normalidad, descobijando la fragilidad de los consensos sociales. Esta palabra escrita se erige como un espejo incómodo que nos obliga a confrontar nuestra propia vulnerabilidad y a reconocer que la certeza es, a menudo, una ilusión colectiva, un autoengaño indispensable. En este acto de revelación, la obra estética no solo denuncia, sino que, a la par, nos convida a reconstruir, desde la conciencia de finitud, un sentido más auténtico y coherente de la existencia humana. Esta reconstrucción no busca consuelo sino significación. No es un refugio sino una herramienta para habitar la realidad con los ojos abiertos, pues al fin y al cabo la vida, a diferencia de la obra literaria, se escribe en borrador. No gratuitamente Platón desalojó a los poetas de su república.
Pero vamos a algunas obras clásicas o venerables (como de manera acertada Johan-Carles Mélich bautiza a las obras maestras de la literatura), para entender mejor esta línea expositiva.
Tomemos, por ejemplo, la figura trágica de Edipo o la angustia existencial de los personajes de Dostoievski. Estos personajes literarios encarnan la lucha humana contra el destino y la absurdidad, y nos confrontan con la fragilidad de nuestras certezas. Al sumergirnos en sus dramas, descubrimos que la verdad no siempre libera, sino que, en ocasiones, desgarra el velo de nuestras ilusiones. Sin embargo, es precisamente en esa ruptura donde emerge la posibilidad de una libertad más auténtica, menos engañosa; una que no se basa en la ignorancia, sino en la aceptación lúcida de nuestra condición.
Otra obra. Esta con un excelso trabajo sobre las tensiones entre ficción y realidad; deseo y posibilidades. El Quijote es el prototipo del hombre que desplaza la realidad hacia la ficción; que procura, con rotundo y doloroso fracaso, reemplazar la lógica utilitaria, laboral y comercial por las virtudes de los grandes caballeros, las gestas heróicas y los amores desinteresados. Pero Cervantes advierte: no basta con los sueños. Vivir es forjar y mantener un buen ideal, pero con los pies en la tierra. Desconectarnos de la realidad es sucumbir. Debemos convivir con las circunstancias reales de la mejor manera posible y, a la par del Quijote, aprender, ojalá sin tantos golpes y tumbos, a movernos en el mapa de la sociedad, pues la realidad golpea fuerte. Leer el Quijote es asistir a un lento proceso de madurez, de relaciones razonables con las cosas y las otras personas y de resignificación continua de nuestras posibilidades y límites. Esta confrontación entre el idealismo quijotesco y la crudeza del mundo la palpamos día a día; por lo mismo, enfrentar la disonancia entre lo ideal y lo tangible nos forja para ser más adultos, menos adolescentes tardíos; más enterados de los marcos sociales, sin renunciar, por supuesto, a los sueños y a lo mejor de la vida humana, pero, atención, de frente la realidad, maestra de maestros. La obra de Cervantes nos desengaña: no podemos perder los límites, no todo es aceptable; el capricho irracional trae consecuencias. Al final de la obra, la reflexión es contundente: Alonso Quijano (ya no el caballero de la triste figura), recupera la sensatez; invita a no ceder ciegamente y de manera radical ante los absolutos individuales. No todo es emocionalidad y vértigo; los sueños requieren de caudales de pragmatismo para llevarse a cabo de buena manera. Especialmente en nuestros días, no se trata de renunciar a los ideales sino de saberlos situar en diálogo con las condiciones históricas en las que estamos inmersos. Nunca se queman todas las naves. La razón bien puede y debe buscar acuerdos con la emocionalidad. Esta novela no solo refleja, sino que también cuestiona y transforma nuestra propia percepción de nosotros mismos y del mundo, enseñándonos a reconsiderar los límites entre la realidad y el deseo en nuestra existencia cotidiana. Al enfrentar esta dualidad, descubrimos, sin engaños, que la madurez no implica abandonar la fantasía sino aprender a habitarla con lucidez, integrando la imaginación en un mundo concreto sin perder la capacidad de asombro ni de sentido crítico.
Una obra más. Ensayo sobre la ceguera es una analogía destacada sobre los vínculos entre el interés personal y la convivencia social, entre la moral y la ética. José Sarmago explora los límites y las conveniencias de lo humano. Su novela expone la fragilidad de las estructuras civiles cuando el miedo sustituye a la razón, y revela la rapidez con que la humanidad puede desmoronarse ante la incertidumbre, demostrando, considero, que la verdadera ceguera no es física sino moral. Tal visión desoladora nos invita a reflexionar sobre nuestra propia vulnerabilidad ética, y nos emplaza a cuestionar la solidez de nuestros valores cuando las garantías institucionales desaparecen. ¿Qué sería de una sociedad sin orden ni leyes? Con detalle, la obra destaca la resistencia humana a través de la solidaridad, aunque sea mínima, como el único antídoto capaz de preservar la dignidad en medio del caos absoluto. En última instancia, la narración nos recuerda que la ética no es un lujo; más bien una necesidad vital para la supervivencia colectiva.
La literatura expone nuestra finitud y nos llama al desengaño, a evitar el autoengaño, a quitarnos las vendas, a erigir criterios más sensatos, críticos y menos radicales y fantasiosos para darle sentido a este tiempo y espacio que nos ha sido dado. Por ello, debemos -deberíamos- leer con otros ojos la literatura y la vida y asumir la responsabilidad de construir un sentido compartido, basado en la empatía y el reconocimiento mutuo, que nos permita navegar la incertidumbre sin caer en la barbarie. Esta tarea exige un compromiso constante contra el desengaño y la lealtad hacia una común compasión. Como buena ontología estética de la finitud que es, cuando leemos gran literatura, al menos nos sobrecogen algunas preguntas sustantivas y difíciles pero inevitables: ¿qué significa vivir con sentido y trascendencia en un mundo frágil del que pronto nos iremos? ¿Cómo podemos habitar la vulnerabilidad sin rendirnos ante el cinismo o el derrotismo?… Estos interrogantes, entre muchos otros, no precisan respuestas definitivas sino invitarnos a un diálogo permanente que alimente nuestra capacidad de asombro y resistencia. Al sostener estas preguntas en el tiempo, descubrimos que la literatura, más que un refugio (que de hecho y afortunadamente también lo es), deviene en tanto campo de reflexión y elaboración ética que nos obliga a mirar la realidad con mayor lucidez y coraje desde nuestra inapelable provisionalidad.
Pero nada más apropiado que dejar a la voz del poeta nombrar la finitud con la verticalidad, rotundidad y elevación propias de la gran poesía. Los poetas lo dicen como nadie. Va.
El viaje definitivo
Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado.
mi espíritu errará, nostálgico…
Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido….
Y se quedarán los pájaros cantando.
Juan Ramón Jiménez.